martes, 25 de junio de 2013

La leyenda de la flor Edelweiss.



Allí, donde cada lugar es acariciado por un tenue manto helado, donde la nieve cubre las cumbres de las altas montañas y el frío recorre los valles y congela los lagos; allí, en un lugar perdido entre el paisaje de la enigmática Suiza, es donde cuentan que aquella historia ocurrió. Una historia que aun a pesar de haberse sucedido hace tantísimo tiempo, su significado ha hecho que no se olvide y que con cada nueva nevada su espíritu vuelva a resurgir.
Cuentan que él, joven y apuesto, se hallaba enamorado de una mujer, decían, de una belleza casi comparable a la pureza de la blanquísima nieve que cubría al pueblo cada invierno, de tez pálida, ojos grisáceos, cabellos blancos y rasgos finos y suaves, convirtiéndola en una albina extremadamente hermosa. Edelweiss, se llamaba.
Se encontraba Edelweiss recogiendo agua de la fuente cuando él se acercó y, tímidamente la cogió de las manos. Llevaba días escogiendo las palabras adecuadas para confesarle lo que sentía, pero ahora, bajo la hechizante mirada de esos ojos como la niebla, casi pareció olvidar por completo aquel discurso que se había aprendido de memoria y titubeando alcanzó a decir, de la manera más sencilla y sincera:

-No podría demorar por más tiempo, amada mía, el momento de confesarte todo aquello que por ti siento. Sufro cada noche y cada día de dolor por dentro, al reconstruir tu bello rostro no sólo cuando sueño, sino también a cada instante que cierro los ojos, pues, es este sentimiento tan grande e imparable que una tempestad que amenazase con arrasar el pueblo, no podría ni con toda su furia, llevarse un solo ápice de mi afecto. Ni siquiera toda la nieve de estas montañas que nos rodean sería capaz un solo momento, de apagar el fuego que hace latir cada uno de mis órganos al veros. Vengo a deciros, gentil Edelweiss, que os amo con todo mi ser.
Sorprendida pero halagada, entrecerró coquetamente los párpados, dejando solo entrever una pequeña parte de sus iris plomizos a través de sus largas pestañas. Recorrió su rostro mirándole silenciosamente dejando la otra de sus manos entre las de él. Sonrió tiernamente, y con un gesto en un tono totalmente diferente, habló con ironía:

-¡Oh, Amado mío! ¡Abrumada me hallo ante tanta galantería! Pero no me malinterpretes, puesto que recibo tus palabras con el dulce mensaje con el que las proclamas. No obstante, ¿No te parece que toda declaración debe estar acompañada de hazañas?

Abrió los ojos aturdido, y con firmeza volvió a apresarla entre sus manos, mientras dijo convencido:

-Hermosa Edelweiss, aquí, donde me veis, os pregunto ¿Qué es lo que queréis? Porque os aseguro que conseguiré todo aquello de lo que carezcáis si así consigo demostraros lo que profeso y conseguir aunque sea, una mínima parte de vuestro desvelo.

Sus finos labios sonrieron dejando ver una dentadura perlina y una melodiosa carcajada rompió la seriedad que los comprometía en ese momento. Después, alegó risueña:

-¡Enamorado mío! Os tomo la palabra y os digo, que si no es verdad que por mi amor lo que fuera haríais, este es el momento de que huyáis, porque el reto que os vengo a proponer no está al alcance de miedosos y cobardes.
La miró sin mediar palabra, dando a entender que quería escuchar atentamente su propuesta, excluyendo cualquier desliz en su rostro que pudiera romper el compromiso al que se entregaba. Ante la seguridad de él, ella prosiguió:
Cuenta la leyenda, que una noche, una de las estrellas de las que relucen en el cielo le lloró a la luna y le declaró que sentía envidia de todo aquello que vivía en la tierra y que deseaba abandonar el firmamento para convertirse en una flor. La luna sintiéndose despechada decidió vengarse enviándola al primer pico más alejado de la tierra que en ese momento divisó, eligiendo el Dufourspitze, la enorme montaña que custodia nuestro pueblo. Allí, la estrella, bañada por la nieve se transformó en una hermosísima flor de pétalos blancos, que siempre estaría sola en lo alto de la montaña. Es la llamada flor de las nieves.
Hizo una pausa y rompiendo el tono solemne con el que había narrado la historia, recuperó el matiz socarrón al decir:

-Si es verdad que por mi murieras, allá a buscar esa flor fueras… Y ya te aviso, que si no la consiguieras, tampoco mi amor obtuvieras.

El rostro del joven palideció un momento. Después volvió a recobrar color cuando sus mejillas se encendieron mientras oprimía los puños y apretaba los dientes. Sus ojos casi llamearon cuando juró:

-¡Por tu amor Edelweiss, yo te traeré esa flor!

Y se marchó con un firme caminar.
Dicen que pasaron muchos días y que el joven nunca regresó. También dicen que aunque ella reía todas las mañanas cuando la luz le descubría el rostro, por las noches, cuando nadie la veía, sollozaba y rogaba que él volviera junto a ella.
Acabó perdiendo el juicio, sin salir de casa y llorando amargamente todas las noches mientras contemplaba el Dufourspitze.
Su pena culminó una de aquellas frías y largas noches, en la que según cuentan las descendencias de los vecinos de aquel lugar, a las tinieblas salió, totalmente desnuda a buscarle, gritando su nombre hasta desgarrarse la voz.
Desde entonces en su honor, la flor de las nieves es llamada ahora Edelweiss y es símbolo del amor verdadero y eterno, como el de los dos jóvenes que murieron arropados por la nieve.

La leyenda de Cóndor y Luz de Fuego.



En una tribu muy lejana y actualmente casi extinguida…se escuchaba en la lejanía los tambores de los Cherokees. El jefe indio León Herido entonaba un cántico de dolor. Era tan grande su lamento que el viento lo dispersaba a otras tribus del sur. Todos a su alrededor escuchaban con los ojos cerrados, esa historia de dolor y venganza. León Herido tenía un hijo llamado Cóndor. Cóndor era de los más adelantados guerreros y cazador de la tribu.

Todos los días al amanecer salía a cazar con sus otros compañeros, amigos de la infancia. Un día se alejaron demasiado y se les hizo noche en el camino. Había una tribu cerca y se acercaron. Eran de los suyos y allí se cobijaron. Cóndor se fijó en una hermosa muchacha, porque no era como las demás. Era de piel blanca y pelo dorado. Al instante se sintió atraído por ella. Ella se llamaba Luz de Fuego. Al amanecer él volvió a su tribu pero con ella en el corazón.

El caso era que estaba a punto de tomar por esposa a una muchacha llamada Lluvia de Mar, y tenía en su interior una lucha de sentimientos. Cóndor escapaba cuando podía a la otra aldea para estar con Luz de Fuego, y le contó la verdad. Luz de Fuego le aconsejó que le dijera la verdad a Lluvia de Mar, pero él no quería perder la amistad de Lluvia de Mar. Mientras esto ocurría, Lluvia de Mar empezó a sospechar… Un día siguió a Cóndor y descubrió la verdad. Llena de rabia fue a León Herido a contárselo. León Herido no la creyó, pensó que eran celos sin sentido. Pero Lluvia de Mar decidió tender una emboscada a Luz de Fuego y reunió a sus amigos de la tribu.

Jaguar Sereno era el mejor amigo de Cóndor y de Lluvia de Mar, y pensó que Luz de Fuego lo había embrujado. Jaguar fue con todos sus compañeros en la noche hasta la tribu de Luz. La ataron y amordazaron y se la llevaron lejos. El plan era llevarla lo más lejos posible. Pensaron en el Monte Crepúsculo, donde nadie se atrevía a ir, pues contaban historias de muerte y dolor de aquel lugar.

Jaguar Sereno se encargó de aquel viaje. Durante el trayecto sintió la mirada clavada de Luz de Fuego todo el tiempo. Una vez cerca del lugar, él la miró a los ojos y quedó maravillado del sentimiento que desprendía su mirada. Transmitía paz y amor. Consternado, decidió dejarla en una gruta cercana al Monte Crepúsculo, pensando que sobreviviría allí.

A la vuelta, se encontró desde la lejanía con los lamentos de dolor de Cóndor. Leyó en el viento la palabra venganza. Abrumado por todo, llegó al poblado y allí estaba Cóndor, preparado para la lucha, estaba como loco, se había puesto sus pinturas de guerra y proclamaba venganza una y otra vez. Atacaba a todos y pidió a su padre el destierro de Lluvia de Mar. A continuación se acercó a Jaguar lanza en mano, pero su padre, León Herido, le detuvo. Hijo, le dijo, esto no tiene sentido, tú debiste ser sincero desde el principio, no tenías claros tus sentimientos… Pero Cóndor empezó a atacar a todos en un arranque de ira… Mató a muchos y se alejó corriendo en busca de Luz de Fuego… Después de días de viaje, llegó a la gruta, allí se hallaba el cuerpo sin vida de Luz de Fuego. Jaguar Sereno decidió seguir a Cóndor, y lo encontró arrodillado a los pies de Luz de Fuego.

En un ataque de celos, envidia e ira, atacó a Cóndor por la espalda, matándolo en el acto. Asustado por lo que había hecho, decidió huir, pero al dar la vuelta se encontró con León Herido, de cuyos ojos se desprendía una ira incontrolable. Cogiéndolo de la cabellera, lo arrastró hasta el poblado y delante de todos lo ató a un tronco y le arrancó la cabellera. Esto es lo que hace la traición –dijo León Herido- al amor lo convierte en odio, y el odio conduce a la muerte, ya no física, sino muerte de espíritu… El que quiera oír que oiga. Lluvia de Mar recoge tus cosas y sal del poblado…d onde no pueda verte más, y vosotros los que os creáis amigos de Cóndor, id hacia el lugar donde están sus cuerpos y traedlos aquí. Mientras esto acontecía, un suceso extraordinario ocurría en la gruta donde se encontraban ellos.

En aquel lugar habitaba un espíritu, el Espíritu del Fuego. Conocedor de todo lo sucedido, decidió llevar los cuerpos al Monte Crepúsculo y les hizo un altar. A lo lejos, León Herido veía el Monte Crepúsculo y asombrado pudo observar en su cúspide dos figuras recostadas: Cóndor y Luz de Fuego, y un volcán de fuego alrededor de ellos.

León Herido lloró amargamente pero detrás de sus lágrimas había una luz de esperanza. Tal vez la ira que se guarda en el corazón y lo ennegrece, tal vez el dolor llevado en el alma que no deja ir las almas en paz al otro lugar donde sólo hay paz. Pero pidió Cóndor un momento de regreso a la tribu. Y así fue esa misma noche, apareció Cóndor frente a Jaguar Sereno; le desató y por honor de guerreros lucharon en un gran combate donde Cóndor le hirió profundamente, dejándole heridas que le hacían sangrar. Cóndor volvió a atarle al tronco y le fue arrancando poco a poco la piel con un cuchillo afilado. Los gritos en la noche se dejaban oír por toda la tribu, pero nadie se atrevía a salir por lo ocurrido. Casi desmayado, Jaguar Sereno, le desató Cóndor y le enterró a las afueras de la tribu hasta el cuello y poniéndole miel en la cara y cabeza y dentro de dos hoyos de hormigas rojas dejó caer dos antorchas encendidas que producían humo y un calor intenso y provocó la ira de las hormigas. Llegaron ellas junto a Jaguar Sereno y le dieron una muerte dolorosa mientras él gritaba piedad,… Cóndor se desvanecía en el aire de la noche con la Luna llena.

La tribu salió a ver qué sucedía y vieron que no estaba Jaguar, así que salieron a las afueras del pueblo y vieron semejante masacre. Quitaron las hormigas pero ya era demasiado tarde, pues Jaguar Sereno estaba irreconocible y muerto. Y ahora sí, por fin Cóndor y Luz de Fuego estarían unidos para siempre.

Y cuentan que en la noche que hay lluvia de estrellas, se ven en el firmamento dos personas paseando de la mano por las estrellas, y amándose bajo la luz cálida de la Luna.

La princesa Maya.



En un país lejano, vivían un rey y una reina. Ellos tenían una hija única, la princesa Maya, muy bonita, de ojos azules y pelo rojo. Todos los ciudadanos del reino amaban a Maya por su buen carácter.

De repente, ocurrió un mal. Maya se puso triste, sus risas se escucharon con menos frecuencia y, al final, ella no salió más de su habitación.

El médico real le prescribió diferentes hierbas contra la enfermedad pero eso no ayudó. Maya se acostaba en su cama, no hablaba con nadie y, muy seguido, se podían ver lágrimas en sus ojos.

El rey y la reina se asustaron muchísimo y enviaron a buscar a los mejores médicos de todo el reino. Los médicos examinaron a la princesa, discutieron largamente y declararon que se trataba de una enfermedad desconocida. Físicamente la princesa estaba sana pero, ellos no sabían cómo devolverle su buen estado de ánimo. Los médicos se fueron a sus casas y con esto, El rey y la reina se desanimaron aún más.

Mientras tanto, la noticia sobre la enfermedad de la princesa circuló en todo el reino. Todos los ciudadanos estaban preocupados por ella.

En este país vivía un mago que curaba incluso las enfermedades mortales. Todas las personas empezaron a pedirle que fuera al palacio y examinara a la princesa.

El mago llegó al palacio, tomó la mano de la princesa, examinó el pulso y dijo:

— La princesa perdió las emociones y la felicidad. La tristeza la ha embargado.

— ¿Y qué podemos hacer? - exclamaron con desesperación el rey y la reina.

— La música va a salvar a la princesa, - concluyó en mago y luego se fue.

Inmediatamente, enviaron a buscar los mejores músicos del reino. Ellos llegaron pronto al palacio y esperaron en la puerta de la habitación de Maya.

Primero entró el violinista con su violín. Él declaró orgullosamente: "El violín es el más noble de los instrumentos musicales". Él tocó las cuerdas con el arco, se distribuyó un sonido tierno. El violín lloraba, subía, se reía con entusiasmo. La música fluía, pero Maya permanecía en su cama. El rey dijo tristemente: "No resultó". El violinista salió triste.

Segundo entró a la habitación el flautista y dijo: "Voy a curar a Maya".

La melodía de la flauta es pura como el aire montañoso, y a cualquiera puede despertar a la vida.

Él comenzó a tocar la flauta. La melodía salió por la ventana y llegó hacia el patio. Todos se detuvieron para escuchar los sonidos mágicos. Pero la princesa ni se movió. "La flauta no conviene" dijo la reina. El flautista salió apenado.

Las puertas se abrieron ampliamente y cuatro sirvientes dejaron un piano en la habitación. El pianista entró y dijo: "Devolveré la vida a la princesa porque los sonidos del piano son los más apasionados e inspiradores". Él comenzó a tocar. La música mágica fascinó a todo el palacio pero la princesa se cubrió la cara con las manos. El pianista salió derrotado.

Los sirvientes se prepararon para sacar el piano pero de repente entró a la habitación un joven con una pequeña varita de madera en las manos.

— ¡Esperen! -exclamó él.

— ¿Quién eres? preguntó el rey sorprendido, ¡no veo ningún instrumento musical contigo!

— Soy director de orquesta, su majestad, - respondió el joven, - yo conozco la melodía que sanará a su hija.

Pero primero ordene que todos los músicos regresen.

El rey, que ya había perdido toda esperanza, ordenó llamar al violinista, al flautista y al pianista. Todos se juntaron en la habitación de la princesa. El joven dijo algo a los músicos. Ellos se agruparon alrededor del piano y él agitó la varita...

De repente, una melodía hermosa y perfecta comenzó a sonar en el palacio, escapó al cielo y voló sobre la tierra, llenando los corazones con sonidos mágicos y maravillosos. Una alegría extraordinaria alcanzó a todos. La gente se sintió feliz y con ganas de tomarse las manos. Incluso el rey y la reina olvidaron de todo por un instante.

De repente, todos escucharon la risa de Maya que giraba en el baile por toda la habitación. La princesa se recuperó, su tristeza se fue para siempre.

Ella se enamoró del joven director de orquesta, y se festejó una boda. Todos los ciudadanos del reino participaron en la fiesta. Los músicos tocaron la música milagrosa, y todos se alegraron y se rieron.

Durante la fiesta, el rey preguntó al novio:

— ¿Qué dijiste a los músicos antes que ustedes comenzaran a tocar la música? ¿Qué sanó a mi hija?

— El joven sonrió y respondió:

— Les dije que no importan los instrumentos musicales, sino la unidad de los corazones. Les pedí que unieran su amor por la música, su talento y su deseo de ayudar a la princesa. Solamente juntos nos hacemos más fuertes y podemos crear milagros.