martes, 23 de abril de 2013

La verdadera historia del semidios y de la ninfa que por amor se convirtió en sirena




La verdadera historia del semidios y de la ninfa que por amor se convirtió en sirena

Odracir era una reencarnación, el 5º varón al que una ninfa había insuflado la esencia de su amado. Éste se llamaba Janófaro, era un joven y bello marinero eritreo, hijo de la sibila del lugar, que, minutos después de concebirlo, supo que el fruto de su amor con el dios Apolo sería un semidios inteligente y hermoso, y que ello despertaría pronto las envidias entre seres mortales y divinos. Por ello, para proteger a su retoño, decidió ocultar el embarazo y contó a todos que al hermoso niño que llevaba entre sus brazos, de ojos azules como el mar, lo había encontrado en las orillas del mar Jonio.
Pero Janófaro había nacido de madre mortal una noche de conjunciones astrales favorables, durante el equinocio de primavera, y de sus progenitores había heredado la belleza de su padre, el dios Apolo, y la inteligencia y el don de gentes de la sibila eritrea, y de la tierra en la que nació había respirado la sabiduría de los maestros de la escuela Jonia, la que reunió a Tales, a Parménides, a Anaximandro y a los mas sabios de todos los presocráticos.
El semidios, ignorante de su auténtico origen, siempre creyó que él había surgido de las aguas. Por ello salía cada mañana a ver el mar, a buscar sus vientos, amaba la tempestad y el oleaje, adoraba a los peces, las aves marinas y los crustáceos. Pensaba que su madre era una ola y su padre un delfín. No temía navegar con terribles tormentas porque, esta aparente ira, era para él su energía vital. Terminó aprendiendo el lenguaje de las aves, sabía cómo predecir tormentas y el color exacto que el cielo tendría al día siguiente.
Janira (o Yanira), la ninfa etérea, una de las hijas de Nereo, el antiguo dios del mar, en uno de sus paseos por la orilla vio un día reflejado el hermosísimo, sereno y tierno rostro de Janófaro, el mas bello que jamás contempló, y se enamoró de él. Todas las mañanas acudía a observarlo, pero él no la veía porque era incorpórea, sólo tenía espíritu.
La ninfa, viendo la plenitud del dueño de su corazón y su pasión por el mar, pensó que si se le aparecía en forma de sirena sería fácil conquistar su amor. Janira era muy hermosa, de piel blanca y ojos verdes, aunque sólo era visible para las deidades, y el dios Apolo la pretendía de forma insistente. Un día Janira ya no pudo aguantar mas y le confesó que lo rechazaba porque estaba enamorada de un mortal jonio bello y tierno. Apolo buscó uno de los rayos del Olimpo, y cuando la ninfa tomó forma de sirena, loco de celos, clavó a Janófaro, su propio hijo, un rayo mortal.
Su madre, la gran sibila, sólo llegó a tiempo de llorar el cadáver y de maldecir a Apolo por su horrendo crimen. Cuando el dios se enteró que era su hijo, arrepentido, intentó salvarlo, pero sólo pudo recuperar su esencia. Iracundo y violento negó a la sibila, echó una maldición a quien osara escribir sobre el asunto y en un instante de lucidez, tras el inmenso dolor que tenía, entregó a Janira la esencia de Janófaro. Le concedió el don de poder verlo sólo una vez cada 100 años, y por ello la hija de Nereo vaga errante por la costa buscando una mujer preñada de rostro mediterráneo, como el de la sibila, en la que insuflar la esencia del semidios, con la esperanza de poder volver a verlo.
En el pergamino que la sibila entregó en la Biblioteca de Alejandría aparecía, según recordaba Calímaco, una frase final, a modo de advertencia y de señal, para todas las madres cuyos hijos se parezcan a Janófaro, para que sepan que son herederos de una antigua y culta raza de semidioses, de la dinastía de las mujeres adivinas y también para que invoquen a las fuerzas cósmicas con la secreta esperanza de que nunca una bella ninfa con forma de sirena los mire y se enamore de ellos.

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