lunes, 9 de diciembre de 2013

La lamia enamorada. Mitología vasca.



La lamia enamorada. Mitología vasca.

"Una vez un joven pastor de Orozko, en Bizkaia, llamado Antxon, andaba por el monte con su rebaño cuando oyó un canto maravilloso, y quedó tan asombrado que se olvido de las ovejas y se dirigió hacia el lugar de donde provenía la voz.
Al separar unos matorrales vio algo que le dejó boquiabierto. Sobre una roca enclavada en medio de de rio estaba sentada la joven más hermosa que jamás había visto. Tenía el cabello largo y rubio, tan largo que le llegaba a los pies…Se peinaba con un peine de oro mientras cantaba una extraña melodia.Antxon no podía apartar sus ojos de ella.
En eso, la joven dejó de cantar y dirigió su mirada hacia los matorrales. Al ver al joven pastor se zambullo fugazmente en el rio. Al poco sacó la cabeza del agua, escondiéndose tras la roca, asomándose temerosamente…mientras el muchacho contemplaba, atónito, el juego. Finalmente, no volvió a esconderse y abriendo sus grandes ojos transparentes la preciosa lamia preguntó:
-¿Quién eres?El pastor permaneció mudo.

-¿Quién eres?- insistió la joven

-Antxon, Soy Antxon-acertó a responder al fin-. ¿Y Tú?
La joven lamia se echo a reír y no respondió, zambullendose de nuevo. El pastor esperó y esperó, pero al ver que no salia, regresó al pueblo confuso. Durante unos cuantos días no salio de casa, y no podía dejar de pensar el la joven del rio. Por fin se decidió y otra vez cogió el camino hacia el monte. A medida que se acercaba al lugar, de nuevo escucho aquel canto de los angeles, y se sintió feliz.
La hermosa joven, al igual que la vez anterior, peinaba sus cabellos rubios sentada encima de la roca junto a la cascada….Al ver a Antxon dejó de cantar y le sonrió
-Buenos dias, Antxon- dijo-.Te estaba esperando.
-¿A mi?-pregunto estupefacto.
-Si, a ti.Acércate, acércate.
Antxon se aproximó a la orilla, y allí se sentó. Pasaron las horas y ninguno de los dos hablaba, sólo se miraban.
-¿Te casarás conmigo?-.Pregunto la joven lamia cuando el sol comenzaba a ocultarse.
-Si-.Respondió Antxon.
En señal de compromiso, la joven le entrego un anillo, que el se puso en el dedo anular al instante.
Tras la despedida el joven ya en casa….
-Ama, voy a casarme- le dijo Antxon a su madre.
-Pero, hijo…,¿con quien?-pregunto su madre, asombrada, pues no sabia que su hijo tuviese novia.
-Con la joven más hermosa del mundo.vive arriba en el monte, junto al rio.
-Pero…¿quien es?- insistió la madre
-La mujer más hermosa que he visto en mi vida.
-¿como se llama?¿quienes son sus padres?
-Es la más hermosa, la más hermosa…

La madre llego a la conclusión de que su hijo estaba hechizado.Salio presurosa a la calle, habló con sus vecinos, con la abuela, con el tío, con el cura….todos le aconsejaron de forma distinta:Si es bruja, esto..Si es Lamia,lo otra..Si es extrangera, aquello….finalmente el hombre más viejo de Orozko dió también su opinión.
-Si es lamia, tendrá los pies de pato-sentenció…
La madre regresó a casa e hizo prometer a su hijo que miraría los pies a su novia.Despues de mucho insistir, Antxon prometió que asi lo haría, miraría los pies a su hermosísima novia.
De pronto, se apoderó de el un gran deseo de verla de nuevo, y echo a correr hacia el monte.
Su enamorada se estaba bañando y jugueteaba con los peces, entraba y salía del agua como un delfín y su risa era como el sonido de mil cascabeles.Se acercó silenciosamente, queriendo darle una sorpresa pero…..ahi! los pies de su amada no eran como los de todo el mundo!
-estaré soñando?-se preguntaba,incredulo…
Los pies de la joven parecian patas de pato, definitivamente eran pies de pato! Antxon se quedó paralizado por el estupor y después regreso al pueblo con el corazón destrozado. Al entrar en casa su madre que le esperaba, notó que algo extraño sucedía.
-¿Y qué, hijo? ¿Que ha pasado? ¿Has visto sus pies?-le pregunto impaciente.
-Son como los pies de los patos…-murmuro el joven.
-Es una LAMIA! No puedes casarte con ella! lo oyes!, los humanos no se casan con las lamias.

Antxon, presa de gran tristeza, se metió en la cama y enfermó. La fiebre le hacia delirar, veía el rostro de su amada y oía su voz llamándole..:”Zatoz,maitea,zatoz”(”Ven,querido,ven”). Pero él nunca volvió, porque murió de pena.

El día del entierro la lamia acudió a la casa de Antxon, se acercó al lecho, lo cubrió con una sábana de oro y besó sus fríos labios. Siguió al cortejo fúnebre hasta la puerta de la iglesia, pero, como todo el mundo sabe, las lamias no pueden entrar en las iglesias, entonces regresó al monte llorando por su amor perdido. Tanto y tanto lloró que, en el lugar donde cayeron sus lágrimas brotó un manantial que recuerda para siempre el amor imposible entre la lamia y el pastor.”

miércoles, 30 de octubre de 2013

Apolo y Dafne



Apolo y Dafne es un relato perteneciente a la mitología griega que a través del tiempo ha sido narrado por autores helenísticos y romanos en forma de viñeta literaria. Ovidio relata el mito en el poema Las metamorfosis.

La historia del dios Apolo y la ninfa Dafne ( ninfa cazadora consagrada a Artemis, que rechazaba cualquier tipo de amor masculino, y, por supuesto, no quería casarse), dicha historia  trata de una de las desdichas amorosas que sufriera Apolo a causa de su vanidad, por burlarse de Eros.
Según cuenta una leyenda griega, Apolo en un viaje se topó con una serpiente Pitón, que se escondía en el monte Parnaso, y como buen cazador, quiso darle muerte. Logró herirla con sus flechas y siguiendo los rastros de sangre que la bestia había dejado, llegó al templo de Delfos, donde acabó con ella mediante varios disparos de flechas.

Delfos era considerado un lugar sagrado,  donde los dioses acudían a pedir consejos a los oráculos de la Madre Tierra. Por ello, aquellos dioses se sintieron ofendidos de que se hubiese cometido semejante atrocidad en el Templo, así que ordenaron a Apolo que reparase de alguna manera lo que había hecho, pero el dios se opuso y hasta reclamó Delfos para sí.

Se apoderó del oráculo y fundó unos juegos anuales que debían celebrarse en un gran anfiteatro, en la colina que había junto al templo. Orgulloso Apolo de la victoria conseguida sobre la serpiente Pitón, se atrevió a burlarse del dios Eros por llevar arco y flechas siendo tan niño.Dime, joven afeminado: ¿qué pretendes hacer con esa arma más propia de mis manos que de las tuyas? Yo sé lanzar las flechas certeras contra las bestias feroces y los feroces enemigos. [...] Conténtate con avivar con tus candelas un juego que yo conozco y no pretendas parangonar tus victorias con las mías. El irascible Eros se vengó de él tomando dos flechas, una de oro y otra de hierro. La de oro incitaba al amor, la de hierro incitaba al odio. Con la flecha de hierro disparó a la ninfa Dafne y con la de oro disparó a Apolo en el corazón, que le hizo enamorarse de la ninfa locamente, mientras a esta  disparada por la otra flecha,  le hizo odiar el amor y especialmente el de Apolo.

Impulsado por el hechizo de la flecha de Eros, Apolo persiguió sin cesar a Dafne, quien huía constantemente de él. Pero con el tiempo las fuerzas de la ninfa para huir fueron abandonándola y viendo que Apolo se acercaba cada vez más; que le  pidió ayuda a su padre, el río Peneo de Tesalia. Éste oyó su llamado y  de repente, su piel se convirtió en corteza de árbol, su cabello en hojas y sus brazos en ramas. Dejó de correr ya que sus pies se enraizaron en la tierra. Apolo en un último intento desesperado por alcanzarla,  abrazó las ramas, pero incluso éstas se redujeron y contrajeron. Como ya no la podía tomar como esposa, le prometió que la amaría eternamente como su árbol y que sus ramas coronarían las cabezas de los héroes. Apolo empleó sus poderes de eterna juventud e inmortalidad para que siempre estuviera verde.
Este nuevo árbol contiene el  corazón de su amada , y abrazando las ramas con cariño, lo besa, pero aún siendo  árbol, Dafne  rechaza sus besos.

Como consecuencia de este lance, el laurel, que es la variedad del árbol en que se convirtió Dafne, es la planta dedicada a Apolo, y  en recuerdo de su amor por ella, una corona de laurel era el premio que recibirían los ganadores de los juegos que había fundado.

sábado, 10 de agosto de 2013

EL SOL ROJO- LEYENDA GUARANÍ


Entre los indios mocoretaes había uno, joven, aguerrido y valiente llamado Igtá (hábil nadador) que amaba a la más buena y hermosa de las mujeres de su tribu, Picazú (paloma torcaz), y quería casarse con ella.
Los padres de Picazú consintieron en que se realizase tal boda; pero siendo necesario para ello la aprobación de la Luna, llamaron al Tuyá (adivino) de la tribu para que la consultara.
Era una noche plácida y serena. La luz blanca, clara, brillante y hermosa de la Luna iluminaba los campos y las tolderías de los indios. Y el Tuyá interpretó:
-Esa luz que nos envía la Luna significa que ella aprueba satisfecha la boda de Igtá y Picazú.
Entonces, el Jefe de la tribu ordenó a Igtá demostrase a todos que en verdad era digno y merecedor de tomar compañera. Para ello debía arrojarse a las aguas de la laguna y nadar durante largo rato. Después, ir en busca de un gran número de presas de caza.
Igtá, que era excelente nadador y había cazado mucho desde su niñez, realizó las pruebas con el mayor éxito, pues nadó cuanto se lo pidió y trajo entre sus brazos abundante caza.
Las ceremonias de la boda realizáronse una noche, después de tres lunas. Se encendió una gran hoguera, a cuyo alrededor todos los indios comían, bebían, bailaban y gritaban, festejando tan grande acontecimiento.
Pero algo faltaba para que Igtá y Picazú fueran felices: tener la seguridad de que Tupá, su dios bueno, había aprobado también la boda. Y esperaron.
¡Cuál no sería su pena y desconsuelo, cuando llegada la noche siguiente comenzó a caer una copiosa lluvia! Eran las lágrimas de Tupá las que caían sobre la tribu para significar el descontento y desaprobación del dios por haberse realizado la unión de los jóvenes indios.
Igtá y Picazú no podían, pues, continuar unidos perteneciendo a la tribu. Debían huir y arrojarse a las aguas de la laguna. Allí había una isla donde moraban todos los que se habían casado contrariando la voluntad de Tupá. Los dos debían ir a esa isla para no volver jamás.
Al día siguiente cesó la lluvia. Y por la tarde, a la hora en que el sol iba a ocultarse en el ocaso, Igtá y Picazú se arrojaron al agua y comenzaron a nadar.
Los indios de su tribu, reunidos a orillas de la laguna, viéndolos alejarse lentamente, los injuriaban y maldecían para aplacar el enojo de Tupá y evitar sus castigos, pues ésta era su creencia.
Igtá, hábil nadador, consiguió nadar buen trecho, ayudando también a su infortunada compañera. Poco faltaba a Igtá y Picazú para llegar a la isla sanos y salvos, cuando una nueva desgracia cayó sobre ellos: Ñuatí (Espina), un guerrero malvado de la tribu, les arrojó una flecha. Todos los indios lo imitaron, y entonces fue una lluvia de flechas la que llegó hasta Picazú e Igtá, quienes, heridos quizás por ellas, desaparecieron de la superficie de las aguas.
En ese preciso instante el sol, que se hundía en el horizonte, tomó un intenso color rojo; y su luz tiñó la laguna e iluminó de rojo los campos y el cielo.
Esto llenó de asombro a los indios, los que, atemorizados, huyeron velozmente, alejándose de la laguna.
Mientras tanto Igtá y Picazú, ayudados sin duda por Tupá porque eran buenos, lograban salvarse y llegar a la isla, donde podrían al fin vivir felices, pues se amaban mucho.

jueves, 25 de julio de 2013

LA LEYENDA DEL AMOR ETERNO


Tiempo atrás, en una época donde  los sueños y las ilusiones se mezclaban en armonía con la realidad,  vivía una jovencita hermosa, dulce, de gran corazón , que con emoción esperaba a  su amado, bajo el cobijo de un gran árbol. Ella esperaba, mientras muchos intentaron conquistar a tan linda joven , siempre había alguien que le prometía cosas, pero ella siempre sonreía y seguía esperando aquel amor tan anhelado, en verdad estaba enamorada de esa persona, a la  que  esperaba día tras día.
Un día, un apuesto joven se aproximo al árbol y ella con emoción se levantó y se acercó a él diciendo: 
Te he esperado tanto tiempo, en mis sueños siempre estás y ahora soy feliz porque te he visto llegar.
Él la miró, no comprendía que estaba pasando, pero aun así no pudo evitar acercarse a ella día tras día. El tiempo pasó, y la  amabilidad y la ternura que emanaban de la joven, terminó enamorando a  aquel chico. 
Día a día se sentaban debajo del árbol y entre platicas y besos se mostraban su amor el uno al otro, ella era tan feliz que le resultaba  imposible alejarse de él, pero como siempre, o casi siempre,  hay alguien que interfiere en este amor tan puro, se alzó la guerra llevándose a su amado y separándolos brutalmente, ella lloró con decepción, él la tomó entre sus brazos y le dijo: 
-Amor mío te prometo regresar a tu lado. 
Secó sus lágrimas y ella le dijo: 
-Te esperaré, mi vida, amor mío, te esperare hasta que regreses. Los días pasaron y ella esperaba  sentada bajo en aquel árbol  que fué testigo mudo de su amor,  le esperaba,  día tras día, noche tras noche , los años pasaron y se hacía más y más vieja, su hermosura se había ido con el paso de los años,  pero aún así le  seguía esperando.  Nadie le dijo nunca qué le  había pasado a  su amado, y  ella miraba al cielo y decía: 
-Amor mío donde quieras que estés, no te olvides de mí que aquí estoy esperándote. 
El árbol se hizo más grande y ella aún seguía  esperando, pero su amado jamás llegó, el joven había muerto en esa guerra, nadie le dijo nunca de su destino, para ella su promesa era lo más importante, junto al amor tan inmenso que sentía.  
Los años siguieron pasando ya no era lo suficiente fuerte para verlo llegar, lloró porque se sentía débil, porque no podría cumplir su promesa. 
-Amor mío si llegas ya no te podré ver - decía, tanto cansancio la durmió en  un sueño eterno... al abrir los ojos se dio cuenta que la miraban, su felicidad se desbordó, su amado la miró y la tomó entre sus brazos. 
-Amor mío perdóname, te he hecho esperar tanto tiempo... 
Ella sonriente: 
-No mi amor la espera valió la pena - 
Entre lágrimas le dijo su amado: 
-Amor mío yo morí en esa guerra, quise decirte pero no pude, sólo te veía esperarme bajo la lluvia, y yo me sentía impotente, pero ahora estás aquí a mi lado, eso es lo único importante para mí. 
Ella no entendía.
-No te entiendo, amor mío... 
-Mi amor,  tú sueño es eterno, ¿lo entiendes? 
Ella lo miró y dijo: 
-Yo morí ¿verdad? 
-Si mi amor,  perdona por haberte hecho una promesa que no te pude cumplir.
Ella lo tomó entre sus brazos y le dijo:
-No amor yo te he esperado mucho tiempo y ahora quiero estar por siempre contigo. 
Él la besó y le dijo: 
-Amor mío tú sabes que yo soy tuyo para siempre y ahora será para toda la eternidad. 
Ella sonrió y lloró al mismo instante. 
-Te amo 
Y con un beso sellaron ese amor tan grande, el  que ni toda la eternidad les alcanzaría para gastarlo.
Se dice que  ahora si miras al cielo podrás ver dos estrellas que juntas brillan, intensas, con una luz tan cálida que alumbra el alma de quien las ve.

lunes, 15 de julio de 2013

La leyenda del Cardón.



Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, aunque ya se practicaba la agricultura en los valles, la vida seguía siendo dura en los cerros y las punas, porque allí los pastorcitos sufrían la sed cuando marchaban tras sus rebaños. 
Uno de esos pastorcitos se había enamorado de una joven como el,  pero hija del curaca, el jefe de la comunidad. Cada vez que regresaba a la aldea-después de una larga jornada en los cerros-, la saludaba desde lejos; y ella le sonreía.El curaca no quería ni oir del amor entre los jóvenes. Soñaba con otro destino para su hija (Seguro el hijo de otro jefe), y odiaba al pastorcito. Quizás esa prohibición los acerco. 
El chico, un día, junto coraje y le hablo. La quería con toda su alma y no se resignaba a vivir sin ella. La joven también le confeso sus sentimientos, y, sabiendo de antemano la oposición que encontrarían, escaparon hacia la montaña. 
A la mañana siguiente, muy temprano, cuando el muchacho debió marchar con los animales y el grupo de pastores, sus compañeros notaron su falta, pero partieron igual. Rato después, el jefe se levanto para iniciar la labor del día. Advirtió la ausencia de su hija y se sorprendió, porque ella nunca faltaba a esa hora. Intuyendo algo,  mandó un chaski al cerro para saber si el pastorcito había marchado con las llamas. A la vuelta,y trás la respuesta,  ¡ no le cupo duda!, los dos amantes habían huido. Convoco entonces a sus guerreros para salir en busca de los enamorados, apresarlos y darles su merecido. 
Los jóvenes sospecharon que el airado curaca andaría tras ellos. Llevaban horas de delantera, pero conocían la firmeza y la capacidad del jefe y sus guerreros. Asustados ante la represalia que el curaca pudiera infligirles,  apelaron  a la Pachamama, la Madre de los Cerros, la protectora de los cultivos de maíz y de quinoa, la que ampara siempre a quienes le manifiestan su respeto. Tras lo cual, en lo más alto del cerro cavaron un hoyito, depositaron en él los alimentos que llevaban y los cubrieron con piedras; allí mismo hicieron una apacheta, uno de estos altares a cielo abierto que en plena montaña reverenciaban a la madre generosa. Y cuando la apacheta había tomado forma y el curaca y sus guerreros trepaban la cuesta acercándose a los fugitivos, la apacheta se abrió como un manto protector y recogió en su regazo a los dos enamorados. 
El airado jefe y sus hombres llegaron jadeantes a la cumbre, pero solo encontraron una apacheta recién hecha ¡Y ni rastros de los fugitivos! Tuvieron que volver a la aldea, y cuando el curaca finalmente se resigno, junto a la apacheta broto una nueva planta, hasta entonces desconocida, que en la sequedad de esas alturas formo un tronco grueso, espinudo, alto y recto y con sus brazos al cielo: ¡era el pastorcito convertido en cardon, agradeciendo para siempre a la Pachamama! Desde entonces, los que marchan por el cerro solo tienen que voltear un cardón para encontrar, en su esponjosa y jugosa madera que parece de papel, el agua que saciara la sed de hombres y animales. 
Y cuando las nubes se amontonan y las montañas resuenan con el trueno que anuncia la tormenta, sobre el pecho verde del cardón nace una flor blanca para anunciar la lluvia que bendecirá la tierra: es ella, la enamorada, convertida en flor por la Pachamama.

miércoles, 10 de julio de 2013

LOS AMANTES DE NAHUEL HUAPI



Durante los atardeceres rozados que se despliegan sobre el lago Nahuel Huapi, se oyen los agudos chillidos de los macáes, que llegan apurados como para no perderse ese hermoso regalo de la naturaleza. Danzan sobre el agua, mueven sus alas plateadas y desaparecen por momentos en busca de alimento para los pichones que esperan ansiosos en la orilla, bien ocultos en sus nidos.
Dicen los mapuches que si uno hace silencio y presta atención podrá ver siempre juntos a dos macáes, macho y hembra, que se demoran para despedirse del lago antes de nadar con el resto de la bandada hacia su refugio nocturno. Entonces puede reconocerse a Maitén y a Coyán. Inevitablemente, viene a la memoria del observador el espléndido Shompal-hué, espíritu del lago que los salvara en otros tiempos... Cómo no recordar aquel momento en que se amaban como hombre y mujer.
Maitén y Coyán se casarían al comenzar el verano. La novia, ayudada por el resto de las mujeres, trabajaba mucho: tejió apretadas mantas, consiguió del challafe los recipientes de barro que iban a hacerle falta para preparar el muschay. Y lo que para ella era su maravilloso secreto, había comenzado a engarzar un collar de ostras para llevar el gran día de la fiesta.
Maitén quería deslumbrar con su gargantilla, por eso salía a recoger los caracoles más raros, más bellos, más perfectos. En esa búsqueda, todos los días se desplazaba hacia las playas más alejadas. Durante muchas tardes caminaba bordeando la orilla del lago, internándose de a ratos en las laderas cuando los acantilados le salían al encuentro. Después de cada rodeo, accedía por fin a otra playa. No era fácil distinguir las conchillas deseadas entre las piedras que cubren la arena, entonces Maitén se agachaba y examinaba el terreno con sus ojos oscuros y sus dedos diestros, o se acercaba con la ilusión de encontrar allí alguna más linda, embellecida por el agua.
En esa tarea se encontraba una tarde cuando la descubrieron dos pehuenches: en cuanto la vieron, la quisieron para ellos. Se acercaron, la saludaron con cortesía y luego de una larga conversación que impactó a la muchacha, trataron de convencerla de que aceptara casarse con uno de los dos.
Maitén, antes de volverse apurada a su ruca, les explicó que estaba prometida, que restaban muy pocos días para ser una mujer casada. Además, les dijo: "Esos asuntos deben tratarse entre los padres". Y no les contó cuánto quería a Coyán porque le dio vergüenza...
Pero los pehuenches habían quedado tan prendados de la joven que no se conformaron, y para lograr el deseo de que Maitén los quisiera pidieron ayuda a una machi. La anciana sabia, prudente, les sugirió que no era tarea fácil torcer las voluntades, debían elegir con seriedad, y había que someter la decisión a un espíritu superior. Muy solemnemente les explicó que tenían que recurrir a Shompalhué, el espíritu que arremolinaba el Nahuel Huapi durante las tormentas o lo volvía manso, ahuyentado a Kûref, el frío viento. Después de hablarles claramente de las posibilidades de concreción del pedido, los despachó diciéndoles que esperaran confiados; ella haría todo lo que estuviera a su alcance.
Mientras tanto, en el hogar de Maitén seguían los preparativos, nadie se había enterado del encuentro casual de la niña con los pehuenches, y ella se iba cada vez más lejos y más feliz a buscar las caracolas que le faltaban.
Por su parte, la machi, cumplidora, comenzó con la preparación de sus hechizos y cuando todo estuvo listo salió en canoa para sorprender a Maitén. Pronto la encontró sentada en una saliente, en el momento en que sacaba el collar ya casi terminado de su bolsa para admirarlo al sol. Aseguró el remo en la costa y la saludó:
-Cómo estás, bella muchacha. ¿Cómo van los preparativos para tu boda?
-Buenas tardes -respondió Maitén probándose el collar-. ¿Cómo sabe usted sobre mi casamiento?
-Las viejas sabemos todo. También sé que desde hace días estás armando esa hermosa gargantilla: por eso te traje una caracola especial-mente bonita que encontré hace años en una pequeña playa poco cono-cida... quedaría perfecta en ese collar  metió su huesuda mano entre sus ropas y descubrió ante los ojos asombrados de la joven una valva torna-solada.
-¡Qué belleza! ¿Puedo verla, por favor?  pidió Maitén.
Y la machi se la ofreció.
La caracola era grande, ocupaba casi toda la mano de la muchacha, pero era la más delgada y liviana de todas las que ella viera. En su parte cóncava tenía un extraño dibujo rosado y gris, con un centro verdoso que semejaba un ojo. Maitén no podía desviar su mirada: la pupila brillante parecía dilatarse y contraerse, mientras su contorno se desdibujaba en el tornasol. Entonces, obnubilada, no se dio cuenta de que se adormecía, tampoco percibió cuando la vieja la empujó con suavidad hacia la canoa y la acostó en el fondo, ni siquiera se percató de que sola comenzaba un viaje hacia el interior del lago: la machi había saltado de la canoa y empujaba la embarcación alejándola de la costa, camino al reino de Shompalhué.
Coyán pescaba a un kilómetro de distancia, cerca de su ruca. Cuando levantó la vista para arrojar su línea distinguió la barca, no sabía qué había adentro pero solidariamente pensó que sería bueno interceptarla porque alguien la habría perdido. El muchacho se lanzó al agua para recuperar la canoa sin remero y no pudo creerlo: con las mejillas arrebatadas por el sol, la boca entreabierta y un collar de caracoles sobre el pecho, dormía su novia.
Sosteniéndose del borde de la canoa, Coyán comenzó a llamarla:
-¡Maitén, Maitén!  gritaba mientras se inclinaba sobre ella y sin querer le mojaba la cara, el cuello, el manto...
La muchacha no respondía, dormía profundamente mientras el sol se iba ocultando detrás de las montañas, el agua se enfriaba y Kûref, convocado, empezaba a soplar. Su fuerza hizo que la corriente arrastrara hacia el costado más rocoso de la montaña la canoa a la que se aferraba Coyán con desesperación, maldiciendo la falta de un remo... Todo hacía suponer que se estrellarían contra las rocas y tanto Coyán como la niña durmiente morirían ahogados.
Entonces todo el lago pareció levantarse y con una extraña fuerza resquebrajó las rocas y partió en dos la montaña para abrirse paso, avanzó luego implacable por el nuevo cañadón inaugurando un nuevo lecho.
Si bien se habían salvado de morir despedazados, la canoa se había perdido con los violentos movimientos del agua. Coyán tenía su cuerpo rígido de frío, estaba agotado por el esfuerzo y sentía pánico por lo que pudiera pasar. Pese al miedo, el valiente muchacho intentaba todavía mantenerse a flote sosteniendo fuera del agua la cabeza de Maitén. El lago seguía enloquecido y disponía de sus cuerpos como si fueran pequeñas ramas, los hacía hundirse y levantarse.
Finalmente, una gran ola los sumergió por completo y ya no emergieron. En su lugar, una vez calmada la tormenta, dos macáes se alejaron por el agua mansa, gráciles, plateados y brillantes como la misma espuma.
El espíritu del lago logró romper el hechizo de la machi: Maitén y Coyán nadan juntos, comparten su amor eterno.

martes, 25 de junio de 2013

La leyenda de la flor Edelweiss.



Allí, donde cada lugar es acariciado por un tenue manto helado, donde la nieve cubre las cumbres de las altas montañas y el frío recorre los valles y congela los lagos; allí, en un lugar perdido entre el paisaje de la enigmática Suiza, es donde cuentan que aquella historia ocurrió. Una historia que aun a pesar de haberse sucedido hace tantísimo tiempo, su significado ha hecho que no se olvide y que con cada nueva nevada su espíritu vuelva a resurgir.
Cuentan que él, joven y apuesto, se hallaba enamorado de una mujer, decían, de una belleza casi comparable a la pureza de la blanquísima nieve que cubría al pueblo cada invierno, de tez pálida, ojos grisáceos, cabellos blancos y rasgos finos y suaves, convirtiéndola en una albina extremadamente hermosa. Edelweiss, se llamaba.
Se encontraba Edelweiss recogiendo agua de la fuente cuando él se acercó y, tímidamente la cogió de las manos. Llevaba días escogiendo las palabras adecuadas para confesarle lo que sentía, pero ahora, bajo la hechizante mirada de esos ojos como la niebla, casi pareció olvidar por completo aquel discurso que se había aprendido de memoria y titubeando alcanzó a decir, de la manera más sencilla y sincera:

-No podría demorar por más tiempo, amada mía, el momento de confesarte todo aquello que por ti siento. Sufro cada noche y cada día de dolor por dentro, al reconstruir tu bello rostro no sólo cuando sueño, sino también a cada instante que cierro los ojos, pues, es este sentimiento tan grande e imparable que una tempestad que amenazase con arrasar el pueblo, no podría ni con toda su furia, llevarse un solo ápice de mi afecto. Ni siquiera toda la nieve de estas montañas que nos rodean sería capaz un solo momento, de apagar el fuego que hace latir cada uno de mis órganos al veros. Vengo a deciros, gentil Edelweiss, que os amo con todo mi ser.
Sorprendida pero halagada, entrecerró coquetamente los párpados, dejando solo entrever una pequeña parte de sus iris plomizos a través de sus largas pestañas. Recorrió su rostro mirándole silenciosamente dejando la otra de sus manos entre las de él. Sonrió tiernamente, y con un gesto en un tono totalmente diferente, habló con ironía:

-¡Oh, Amado mío! ¡Abrumada me hallo ante tanta galantería! Pero no me malinterpretes, puesto que recibo tus palabras con el dulce mensaje con el que las proclamas. No obstante, ¿No te parece que toda declaración debe estar acompañada de hazañas?

Abrió los ojos aturdido, y con firmeza volvió a apresarla entre sus manos, mientras dijo convencido:

-Hermosa Edelweiss, aquí, donde me veis, os pregunto ¿Qué es lo que queréis? Porque os aseguro que conseguiré todo aquello de lo que carezcáis si así consigo demostraros lo que profeso y conseguir aunque sea, una mínima parte de vuestro desvelo.

Sus finos labios sonrieron dejando ver una dentadura perlina y una melodiosa carcajada rompió la seriedad que los comprometía en ese momento. Después, alegó risueña:

-¡Enamorado mío! Os tomo la palabra y os digo, que si no es verdad que por mi amor lo que fuera haríais, este es el momento de que huyáis, porque el reto que os vengo a proponer no está al alcance de miedosos y cobardes.
La miró sin mediar palabra, dando a entender que quería escuchar atentamente su propuesta, excluyendo cualquier desliz en su rostro que pudiera romper el compromiso al que se entregaba. Ante la seguridad de él, ella prosiguió:
Cuenta la leyenda, que una noche, una de las estrellas de las que relucen en el cielo le lloró a la luna y le declaró que sentía envidia de todo aquello que vivía en la tierra y que deseaba abandonar el firmamento para convertirse en una flor. La luna sintiéndose despechada decidió vengarse enviándola al primer pico más alejado de la tierra que en ese momento divisó, eligiendo el Dufourspitze, la enorme montaña que custodia nuestro pueblo. Allí, la estrella, bañada por la nieve se transformó en una hermosísima flor de pétalos blancos, que siempre estaría sola en lo alto de la montaña. Es la llamada flor de las nieves.
Hizo una pausa y rompiendo el tono solemne con el que había narrado la historia, recuperó el matiz socarrón al decir:

-Si es verdad que por mi murieras, allá a buscar esa flor fueras… Y ya te aviso, que si no la consiguieras, tampoco mi amor obtuvieras.

El rostro del joven palideció un momento. Después volvió a recobrar color cuando sus mejillas se encendieron mientras oprimía los puños y apretaba los dientes. Sus ojos casi llamearon cuando juró:

-¡Por tu amor Edelweiss, yo te traeré esa flor!

Y se marchó con un firme caminar.
Dicen que pasaron muchos días y que el joven nunca regresó. También dicen que aunque ella reía todas las mañanas cuando la luz le descubría el rostro, por las noches, cuando nadie la veía, sollozaba y rogaba que él volviera junto a ella.
Acabó perdiendo el juicio, sin salir de casa y llorando amargamente todas las noches mientras contemplaba el Dufourspitze.
Su pena culminó una de aquellas frías y largas noches, en la que según cuentan las descendencias de los vecinos de aquel lugar, a las tinieblas salió, totalmente desnuda a buscarle, gritando su nombre hasta desgarrarse la voz.
Desde entonces en su honor, la flor de las nieves es llamada ahora Edelweiss y es símbolo del amor verdadero y eterno, como el de los dos jóvenes que murieron arropados por la nieve.

La leyenda de Cóndor y Luz de Fuego.



En una tribu muy lejana y actualmente casi extinguida…se escuchaba en la lejanía los tambores de los Cherokees. El jefe indio León Herido entonaba un cántico de dolor. Era tan grande su lamento que el viento lo dispersaba a otras tribus del sur. Todos a su alrededor escuchaban con los ojos cerrados, esa historia de dolor y venganza. León Herido tenía un hijo llamado Cóndor. Cóndor era de los más adelantados guerreros y cazador de la tribu.

Todos los días al amanecer salía a cazar con sus otros compañeros, amigos de la infancia. Un día se alejaron demasiado y se les hizo noche en el camino. Había una tribu cerca y se acercaron. Eran de los suyos y allí se cobijaron. Cóndor se fijó en una hermosa muchacha, porque no era como las demás. Era de piel blanca y pelo dorado. Al instante se sintió atraído por ella. Ella se llamaba Luz de Fuego. Al amanecer él volvió a su tribu pero con ella en el corazón.

El caso era que estaba a punto de tomar por esposa a una muchacha llamada Lluvia de Mar, y tenía en su interior una lucha de sentimientos. Cóndor escapaba cuando podía a la otra aldea para estar con Luz de Fuego, y le contó la verdad. Luz de Fuego le aconsejó que le dijera la verdad a Lluvia de Mar, pero él no quería perder la amistad de Lluvia de Mar. Mientras esto ocurría, Lluvia de Mar empezó a sospechar… Un día siguió a Cóndor y descubrió la verdad. Llena de rabia fue a León Herido a contárselo. León Herido no la creyó, pensó que eran celos sin sentido. Pero Lluvia de Mar decidió tender una emboscada a Luz de Fuego y reunió a sus amigos de la tribu.

Jaguar Sereno era el mejor amigo de Cóndor y de Lluvia de Mar, y pensó que Luz de Fuego lo había embrujado. Jaguar fue con todos sus compañeros en la noche hasta la tribu de Luz. La ataron y amordazaron y se la llevaron lejos. El plan era llevarla lo más lejos posible. Pensaron en el Monte Crepúsculo, donde nadie se atrevía a ir, pues contaban historias de muerte y dolor de aquel lugar.

Jaguar Sereno se encargó de aquel viaje. Durante el trayecto sintió la mirada clavada de Luz de Fuego todo el tiempo. Una vez cerca del lugar, él la miró a los ojos y quedó maravillado del sentimiento que desprendía su mirada. Transmitía paz y amor. Consternado, decidió dejarla en una gruta cercana al Monte Crepúsculo, pensando que sobreviviría allí.

A la vuelta, se encontró desde la lejanía con los lamentos de dolor de Cóndor. Leyó en el viento la palabra venganza. Abrumado por todo, llegó al poblado y allí estaba Cóndor, preparado para la lucha, estaba como loco, se había puesto sus pinturas de guerra y proclamaba venganza una y otra vez. Atacaba a todos y pidió a su padre el destierro de Lluvia de Mar. A continuación se acercó a Jaguar lanza en mano, pero su padre, León Herido, le detuvo. Hijo, le dijo, esto no tiene sentido, tú debiste ser sincero desde el principio, no tenías claros tus sentimientos… Pero Cóndor empezó a atacar a todos en un arranque de ira… Mató a muchos y se alejó corriendo en busca de Luz de Fuego… Después de días de viaje, llegó a la gruta, allí se hallaba el cuerpo sin vida de Luz de Fuego. Jaguar Sereno decidió seguir a Cóndor, y lo encontró arrodillado a los pies de Luz de Fuego.

En un ataque de celos, envidia e ira, atacó a Cóndor por la espalda, matándolo en el acto. Asustado por lo que había hecho, decidió huir, pero al dar la vuelta se encontró con León Herido, de cuyos ojos se desprendía una ira incontrolable. Cogiéndolo de la cabellera, lo arrastró hasta el poblado y delante de todos lo ató a un tronco y le arrancó la cabellera. Esto es lo que hace la traición –dijo León Herido- al amor lo convierte en odio, y el odio conduce a la muerte, ya no física, sino muerte de espíritu… El que quiera oír que oiga. Lluvia de Mar recoge tus cosas y sal del poblado…d onde no pueda verte más, y vosotros los que os creáis amigos de Cóndor, id hacia el lugar donde están sus cuerpos y traedlos aquí. Mientras esto acontecía, un suceso extraordinario ocurría en la gruta donde se encontraban ellos.

En aquel lugar habitaba un espíritu, el Espíritu del Fuego. Conocedor de todo lo sucedido, decidió llevar los cuerpos al Monte Crepúsculo y les hizo un altar. A lo lejos, León Herido veía el Monte Crepúsculo y asombrado pudo observar en su cúspide dos figuras recostadas: Cóndor y Luz de Fuego, y un volcán de fuego alrededor de ellos.

León Herido lloró amargamente pero detrás de sus lágrimas había una luz de esperanza. Tal vez la ira que se guarda en el corazón y lo ennegrece, tal vez el dolor llevado en el alma que no deja ir las almas en paz al otro lugar donde sólo hay paz. Pero pidió Cóndor un momento de regreso a la tribu. Y así fue esa misma noche, apareció Cóndor frente a Jaguar Sereno; le desató y por honor de guerreros lucharon en un gran combate donde Cóndor le hirió profundamente, dejándole heridas que le hacían sangrar. Cóndor volvió a atarle al tronco y le fue arrancando poco a poco la piel con un cuchillo afilado. Los gritos en la noche se dejaban oír por toda la tribu, pero nadie se atrevía a salir por lo ocurrido. Casi desmayado, Jaguar Sereno, le desató Cóndor y le enterró a las afueras de la tribu hasta el cuello y poniéndole miel en la cara y cabeza y dentro de dos hoyos de hormigas rojas dejó caer dos antorchas encendidas que producían humo y un calor intenso y provocó la ira de las hormigas. Llegaron ellas junto a Jaguar Sereno y le dieron una muerte dolorosa mientras él gritaba piedad,… Cóndor se desvanecía en el aire de la noche con la Luna llena.

La tribu salió a ver qué sucedía y vieron que no estaba Jaguar, así que salieron a las afueras del pueblo y vieron semejante masacre. Quitaron las hormigas pero ya era demasiado tarde, pues Jaguar Sereno estaba irreconocible y muerto. Y ahora sí, por fin Cóndor y Luz de Fuego estarían unidos para siempre.

Y cuentan que en la noche que hay lluvia de estrellas, se ven en el firmamento dos personas paseando de la mano por las estrellas, y amándose bajo la luz cálida de la Luna.

La princesa Maya.



En un país lejano, vivían un rey y una reina. Ellos tenían una hija única, la princesa Maya, muy bonita, de ojos azules y pelo rojo. Todos los ciudadanos del reino amaban a Maya por su buen carácter.

De repente, ocurrió un mal. Maya se puso triste, sus risas se escucharon con menos frecuencia y, al final, ella no salió más de su habitación.

El médico real le prescribió diferentes hierbas contra la enfermedad pero eso no ayudó. Maya se acostaba en su cama, no hablaba con nadie y, muy seguido, se podían ver lágrimas en sus ojos.

El rey y la reina se asustaron muchísimo y enviaron a buscar a los mejores médicos de todo el reino. Los médicos examinaron a la princesa, discutieron largamente y declararon que se trataba de una enfermedad desconocida. Físicamente la princesa estaba sana pero, ellos no sabían cómo devolverle su buen estado de ánimo. Los médicos se fueron a sus casas y con esto, El rey y la reina se desanimaron aún más.

Mientras tanto, la noticia sobre la enfermedad de la princesa circuló en todo el reino. Todos los ciudadanos estaban preocupados por ella.

En este país vivía un mago que curaba incluso las enfermedades mortales. Todas las personas empezaron a pedirle que fuera al palacio y examinara a la princesa.

El mago llegó al palacio, tomó la mano de la princesa, examinó el pulso y dijo:

— La princesa perdió las emociones y la felicidad. La tristeza la ha embargado.

— ¿Y qué podemos hacer? - exclamaron con desesperación el rey y la reina.

— La música va a salvar a la princesa, - concluyó en mago y luego se fue.

Inmediatamente, enviaron a buscar los mejores músicos del reino. Ellos llegaron pronto al palacio y esperaron en la puerta de la habitación de Maya.

Primero entró el violinista con su violín. Él declaró orgullosamente: "El violín es el más noble de los instrumentos musicales". Él tocó las cuerdas con el arco, se distribuyó un sonido tierno. El violín lloraba, subía, se reía con entusiasmo. La música fluía, pero Maya permanecía en su cama. El rey dijo tristemente: "No resultó". El violinista salió triste.

Segundo entró a la habitación el flautista y dijo: "Voy a curar a Maya".

La melodía de la flauta es pura como el aire montañoso, y a cualquiera puede despertar a la vida.

Él comenzó a tocar la flauta. La melodía salió por la ventana y llegó hacia el patio. Todos se detuvieron para escuchar los sonidos mágicos. Pero la princesa ni se movió. "La flauta no conviene" dijo la reina. El flautista salió apenado.

Las puertas se abrieron ampliamente y cuatro sirvientes dejaron un piano en la habitación. El pianista entró y dijo: "Devolveré la vida a la princesa porque los sonidos del piano son los más apasionados e inspiradores". Él comenzó a tocar. La música mágica fascinó a todo el palacio pero la princesa se cubrió la cara con las manos. El pianista salió derrotado.

Los sirvientes se prepararon para sacar el piano pero de repente entró a la habitación un joven con una pequeña varita de madera en las manos.

— ¡Esperen! -exclamó él.

— ¿Quién eres? preguntó el rey sorprendido, ¡no veo ningún instrumento musical contigo!

— Soy director de orquesta, su majestad, - respondió el joven, - yo conozco la melodía que sanará a su hija.

Pero primero ordene que todos los músicos regresen.

El rey, que ya había perdido toda esperanza, ordenó llamar al violinista, al flautista y al pianista. Todos se juntaron en la habitación de la princesa. El joven dijo algo a los músicos. Ellos se agruparon alrededor del piano y él agitó la varita...

De repente, una melodía hermosa y perfecta comenzó a sonar en el palacio, escapó al cielo y voló sobre la tierra, llenando los corazones con sonidos mágicos y maravillosos. Una alegría extraordinaria alcanzó a todos. La gente se sintió feliz y con ganas de tomarse las manos. Incluso el rey y la reina olvidaron de todo por un instante.

De repente, todos escucharon la risa de Maya que giraba en el baile por toda la habitación. La princesa se recuperó, su tristeza se fue para siempre.

Ella se enamoró del joven director de orquesta, y se festejó una boda. Todos los ciudadanos del reino participaron en la fiesta. Los músicos tocaron la música milagrosa, y todos se alegraron y se rieron.

Durante la fiesta, el rey preguntó al novio:

— ¿Qué dijiste a los músicos antes que ustedes comenzaran a tocar la música? ¿Qué sanó a mi hija?

— El joven sonrió y respondió:

— Les dije que no importan los instrumentos musicales, sino la unidad de los corazones. Les pedí que unieran su amor por la música, su talento y su deseo de ayudar a la princesa. Solamente juntos nos hacemos más fuertes y podemos crear milagros.

lunes, 20 de mayo de 2013

la leyenda de la Cascada de la India que se Murió de Amor




la leyenda de la india Carú

La Cascada de la India que se Murió de Amor

Aquella mañana los corazones de los indios Bailadores saltaban de alegría. La princesa Carú, hija del cacique Toquisai, iba a casarse con el hijo del cacique de los Mocotíes, un joven muy apuesto y valiente guerrero. Ya se acercaba la hora anhelada. El Banquete estaba listo y el alma de Carú palpitaba de nervios y canciones.

De pronto, los centinelas que oteaban el horizonte desde los picachos más altos, anunciaron alarma y peligro. Venían unos seres extraños que avanzaban quebrada los soles con sus pechos de hierro y montados en unas bestias enormes.

Los indios Bailadores se prepararon para el combate. Juan Rodríguez Xuárez también alistó a sus hombres.

Fuego, hierro y caballos abrieron un torrente de sangre en el valor de los Bailadores que sólo contaban con sus macanas y flechas.

El monte se fue llenando de cadáveres.

El novio de Carú estaba entre los que encontraron la muerte en el combate. Un dolor insoportable rompió el alma de Carú. No podía ser verdadera tanta desgracia.

El Dios de la vida que montaba en la cumbre de la montaña, la devolvería a su amado, para recorrer junto a él ese largo camino de felicidad que había sido violentamente cortado.

Con una increíble fortaleza que brotaba de su amor, Carú cargó el cadáver cerro arriba. Llegó con él a la cumbre, donde moraba la divinidad, para rogarle que le devolviera la vida. Al tercer día, le fallaron por completo las fuerzas. No pudo proseguir más. Abrazada al cuerpo de su amado, quedó muerta.

El dios de la montaña recogió sus lagrimas y las arrojó al espacio para que su pueblo y todos los que habitabaran después estas tierras, conocieran y recorran la suerte de Carú.

Y allí está la bellísima cascada de Bailadores, lágrimas eternas de Carú, sollozo inagotable del corazón indígena.

martes, 7 de mayo de 2013

La Princesa y El Juglar




La Princesa y El Juglar

Había nacido en una noche lluviosa, de esas que sorprenden por lo estruendosas que pueden llegar a ser, sus ojos color violeta dieron el pie para el nombre que su madre le pondría, Violeta, tal vez no era un nombre para una heredera al trono, pero tanto el rey como la reina aceptaron dárselo.
Creció entre tantos lujos que se imaginaba casándose con un príncipe azul, así como ella era una princesa violeta y soñaba con el color del que podrían ser sus hijos. ¿Violeta y Azul? ¿qué color combinarían? Poco a poco todo fue cambiando, los pretendientes llegando y ella rechazándolos, todos, llegando al punto de que se agotaran las esperanzas para que la princesa llegara a casarse.

Un día, llego un juglar, al pueblo. Caminando de un lado a otro, se encontró los ojos de la princesa ante sí,esos ojos violetas,que iluminaban su belleza, ella lo miró a los ojos y simplemente le sonrió. Desde ese momento él, quedó flechado y simplemente se dedicó a escribirla. Averiguó quién era y cada noche a las doce, iba con su mandolina, se paraba frente a su ventana y cantaba para ella.

Ella, suspirando, sonriente, lo miraba desde su torre, escuchaba sus versos esos que recitaban “… y si algún día entre mis manos yo te tuviera hermosa mía, fundiría mis mañanas y jamás te dejaría…” y volvía a suspirar. Hasta que los perros y los guardias, esos guardias de fusil y gafas negras lo sacaban a patadas de su palacio.
Así ocurría cada noche, se fundían entre versos y suspiros, entre deseos y rosas, él era notas, ella era versos. Se miraban, se perdían, él, su juglar, lo único azul que tenía de un príncipe eran sus ojos, y el simplemente le interesaba tenerla.
Una de esas noches, cuando todos dormían, cuando él cantaba, ella decidió escaparse, fugarse con su juglar, lo miró a los ojos, empezó a descender por el enramado de flores que hacían una escalera hasta el suelo, él no paraba, se aceleraba, su sueño se haría realidad. Observaba cada paso que ella daba y le preocupaba que la encontraran, de repente, ella  gritó, le envió un beso con el viento y cayó. Él corrió a auxiliarla, pero tarde llegó, intentó hacerla reaccionar con un beso , pero ella nunca reaccionó. 

martes, 23 de abril de 2013

LA LEYENDA DEL CALAFATE




LA LEYENDA DEL CALAFATE

El mito de Calafate es una historia contada por los tehuelches y selknam (onas), indígenas de la Patagonia y Tierra del Fuego, que fue adoptada en el folclore de Argentina y de Chile. Intenta explicar el origen de la planta de calafate.

Existen dos versiones principales. Una cuenta la historia de un amor entre dos jóvenes de tribu distintas, y se conoce en Chile y Argentina; la otra, habla de una anciana tehuelche abandonada, y se cuenta en Argentina. 
El mito cuenta que un jefe tehuelche tenía una hija llamada Calafate que era lo que él más amaba. Ella era una hermosa joven de ojos dorados y siempre había obedecido en todo a su padre. Pero las cosas cambiaron cuando el clan de Calafate recibió a un joven selknam para que estuviera a prueba entre ellos y superara el kloketen o rituales de iniciación para convertirse en hombre. 
Pronto surgió el amor entre los dos jóvenes y pensaron en irse juntos, a pesar de que los tehuelches solían menospreciar a los selknam y el jefe se oponía rotundamente a la unión. Por sus tradiciones, no podían dañar al muchacho durante el kloketen y para evitar que siguieran con su relación, al padre de Calafate no le quedó más remedio que pedir ayuda al chamán. Éste le respondió que no podría hacer que se acabara su amor, pero sí podría mantenerlos separados para siempre. 
La muchacha fue transformada mediante magia en una planta espinosa que nunca antes se había visto en esas tierras, pero que tenía flores doradas como los ojos de Calafate. Por muchos meses el joven vagó por la estepa buscando a su amada y los espíritus lo ayudaron, convirtiéndolo en una pequeña ave que podía recorrer con más velocidad las grandes extensiones patagónicas. Un día de verano, el joven metamorfoseado se posó en un arbusto que no había visto antes y al probar sus frutos se dio cuenta de que eran tan dulces como el corazón Calafate. Así lograron reencontrarse después de haber creído que no sería posible. 
Una variante de esta historia cuenta que Calafate era una joven selknam y que el joven era un prisionero yagán atrapado en las costas de Tierra del Fuego. 
En la Patagonia se cuenta que el embrujo de Calafate permanece en los frutos de calafate y que quien los coma una vez no dejará de regresar al lugar en que lo hizo. 
Es por eso que la leyenda dice: "El que come Calafate, siempre vuelve por más".

La verdadera historia del semidios y de la ninfa que por amor se convirtió en sirena




La verdadera historia del semidios y de la ninfa que por amor se convirtió en sirena

Odracir era una reencarnación, el 5º varón al que una ninfa había insuflado la esencia de su amado. Éste se llamaba Janófaro, era un joven y bello marinero eritreo, hijo de la sibila del lugar, que, minutos después de concebirlo, supo que el fruto de su amor con el dios Apolo sería un semidios inteligente y hermoso, y que ello despertaría pronto las envidias entre seres mortales y divinos. Por ello, para proteger a su retoño, decidió ocultar el embarazo y contó a todos que al hermoso niño que llevaba entre sus brazos, de ojos azules como el mar, lo había encontrado en las orillas del mar Jonio.
Pero Janófaro había nacido de madre mortal una noche de conjunciones astrales favorables, durante el equinocio de primavera, y de sus progenitores había heredado la belleza de su padre, el dios Apolo, y la inteligencia y el don de gentes de la sibila eritrea, y de la tierra en la que nació había respirado la sabiduría de los maestros de la escuela Jonia, la que reunió a Tales, a Parménides, a Anaximandro y a los mas sabios de todos los presocráticos.
El semidios, ignorante de su auténtico origen, siempre creyó que él había surgido de las aguas. Por ello salía cada mañana a ver el mar, a buscar sus vientos, amaba la tempestad y el oleaje, adoraba a los peces, las aves marinas y los crustáceos. Pensaba que su madre era una ola y su padre un delfín. No temía navegar con terribles tormentas porque, esta aparente ira, era para él su energía vital. Terminó aprendiendo el lenguaje de las aves, sabía cómo predecir tormentas y el color exacto que el cielo tendría al día siguiente.
Janira (o Yanira), la ninfa etérea, una de las hijas de Nereo, el antiguo dios del mar, en uno de sus paseos por la orilla vio un día reflejado el hermosísimo, sereno y tierno rostro de Janófaro, el mas bello que jamás contempló, y se enamoró de él. Todas las mañanas acudía a observarlo, pero él no la veía porque era incorpórea, sólo tenía espíritu.
La ninfa, viendo la plenitud del dueño de su corazón y su pasión por el mar, pensó que si se le aparecía en forma de sirena sería fácil conquistar su amor. Janira era muy hermosa, de piel blanca y ojos verdes, aunque sólo era visible para las deidades, y el dios Apolo la pretendía de forma insistente. Un día Janira ya no pudo aguantar mas y le confesó que lo rechazaba porque estaba enamorada de un mortal jonio bello y tierno. Apolo buscó uno de los rayos del Olimpo, y cuando la ninfa tomó forma de sirena, loco de celos, clavó a Janófaro, su propio hijo, un rayo mortal.
Su madre, la gran sibila, sólo llegó a tiempo de llorar el cadáver y de maldecir a Apolo por su horrendo crimen. Cuando el dios se enteró que era su hijo, arrepentido, intentó salvarlo, pero sólo pudo recuperar su esencia. Iracundo y violento negó a la sibila, echó una maldición a quien osara escribir sobre el asunto y en un instante de lucidez, tras el inmenso dolor que tenía, entregó a Janira la esencia de Janófaro. Le concedió el don de poder verlo sólo una vez cada 100 años, y por ello la hija de Nereo vaga errante por la costa buscando una mujer preñada de rostro mediterráneo, como el de la sibila, en la que insuflar la esencia del semidios, con la esperanza de poder volver a verlo.
En el pergamino que la sibila entregó en la Biblioteca de Alejandría aparecía, según recordaba Calímaco, una frase final, a modo de advertencia y de señal, para todas las madres cuyos hijos se parezcan a Janófaro, para que sepan que son herederos de una antigua y culta raza de semidioses, de la dinastía de las mujeres adivinas y también para que invoquen a las fuerzas cósmicas con la secreta esperanza de que nunca una bella ninfa con forma de sirena los mire y se enamore de ellos.

lunes, 11 de febrero de 2013

El hada y las campesinas.




El hada y las campesinas.

Erase una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor  era igual a su  madre en todo.  Las dos eran sumamente antipáticas y llenas de soberbia, a tal punto que nadie quería estar cerca de ellas.
La más joven , por el contrario, tenía una dulzura increíble, y por la bondad del corazón, era el retrato de su padre, de una belleza incomparable , difícil encontrar otra joven tan bella como ella. 
La madre tenía predilección por la mayor y sentía por la menor una aversión y repugnancia espantosa.

Le hacía  trabajar para ellas, cual criada.  La  pobre niña debía dar dos viajes a una fuente distante, de más de una milla y media a buscar agua y traer un gran cántaro lleno.

Un día mientras estaba en la fuente llenando su cántaro, se le acerca una pobre vieja, quién le rogó que le diera agua de beber. “Pero claro, abuelita, con mucho gusto.” respondió la niña, “espere que le llene la jarra”. Inmediatamente la limpió, la llenó con agua fresca y se la presentó, sosteniéndola en sus propias manos para que bebiera cómodamente y hasta saciarse. Cuando hubo bebido, la viejita le dijo: “Eres tan buena, y tan bella que por esto no puedo hacer menos que darte un regalo”. Aquella era un hada que había tomado la forma de una vieja campesina , para ver hasta donde llegaba la bondad de la jovencita.  Le dijo:”Te doy por regalo, ante tu bondad  de corazón, este encantamiento, por cada palabra que salga de tu boca , brotará o una flor o una piedra preciosa”.

La muchacha regresó a la casa con el cántaro lleno, algunos minutos más tarde; la madre estaba hecha una furia por el minúsculo retardo. “Mamá, ten paciencia, te pido perdón” dijo la hija toda humilde, y en tanto hablaba le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos diamantes enormes. “Pero qué sucede aquí!!” dijo la madre estupefacta, “me equivoco o estás escupiendo perlas y diamantes!… Oh pero cómo, hija mía? …”

Era la primera vez en toda su vida que la llamaba así y en tono afectuoso. La niña contó ingenuamente todo lo que le había sucedido en la fuente; y mientras hablaba , brotaban los rubíes, topacios de sus labios. “Oh, qué fortuna!”, dice la madre, “necesito enviar también a esta otra niña.

Mira, Cecchina, mira lo que sale de la boca de tu hermana cuando habla. Te gustaría tener también a ti este don?… Es necesario que solamente vayas a la fuente de agua y si una viejita te pide agua, dásela con mucha amabilidad.” “¡No faltaba más, ir a la fuente ahora!” reclamó la otra. “¡Te digo que vayas ahora mismo!” Gritó la mamá.

Salió corriendo la muchacha, llevando consigo la más bella jarra de plata que había en la casa. … Apenas había llegado a la fuente, apareció a una gran señora, vestida magníficamente, que le pide un poco de agua. Era la misma hada que había aparecido a su hermana; pero había tomado el aspecto y vestuario de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la malacrianza de esa joven. “¡Pero claro” dice la soberbia, “que he venido aquí para darle de beber a usted! … ¡Seguro!…Para darle de beber a usted y no a otra persona!…Un momento, si tiene sed, la fuente está ahí!” “Tienes muy poca educación, muchacha…” dijo el hada sin inmutarse “Ya que eres tan maleducada te doy por regalo , que por cada palabra pronunciada saldrán de tu boca una rana o una serpiente”.

Apenas la vio la madre a lo lejos, que le grita a plena voz: “¿Cómo te fue, Cecchina?” “¡No me molestes mamá!, replicó la muchacha; e inmediatamente escupió dos víboras y dos ranas . Oh Dios, que veo!… la culpa debe ser toda de tu hermana!, me las pagará!” Y se movió para pegarle. Aquella pobre joven huyó del rencor y fue a refugiarse en el bosque cercano.

El hijo del Rey que regresaba de la caza la encontró en un sendero, y viéndola tan hermosa, le preguntó qué hacía en ese lugar tan sola, y porqué lloraba tanto. “Mi madre me ha sacado de la casa y me quería golpear” Respondió la joven. E hijo del Rey quien vio salir de aquella boca cinco o seis perlas y otros tantos brillantes, le rogó que le contara cómo era posible algo tan maravilloso. Y la muchacha le contó toda la historia de lo que le había sucedido.

El príncipe real se enamoro de inmediato de ella, y considerando que el don del hada era más valioso que cualquier dote que ninguna de las damas del reino podrían tener, la llevo  a palacio y se casó con ella. La otra hermana, mientras tanto se hizo odiar por todos de tal manera, que su misma madre la sacó de la casa; y la desgraciada joven después de tratar de convencer a muchos de que la recibieran, todo en vano; se fue a morir al fin del bosque.

La Añañuca




La Añañuca

En un tiempo lejano, muchos años antes de la Independencia, el pueblo Monte Patria, ubicado en la provincia de Limarí, se conocía con el nombre de Monte Rey, bautizado de esta manera por los españoles. En este lugar vivía Añañuca, una hermosísima joven que era cortejada por casi todos los jóvenes del pueblo. Ninguno había sido capaz de conquistar el esquivo y reservado corazón de Añañuca.

El tiempo pasaba tranquilo para Añañuca, hasta que un día asomó en el poblado un extraño minero, buen mozo y gallardo, quien iba en busca de un tesoro perdido. El minero, al ver a Añañuca, quedó impresionado con su belleza y decidió quedarse en Monte Rey. Ambos se habían enamorado.


Los dos, perdidamente enamorados, decidieron unir sus vidas y vivieron felices durante un tiempo.

Pero una noche, el joven tuvo un extraño sueño. Un espíritu de la montaña le dio a conocer en ese sueño el lugar exacto donde se encontraba la veta de la mina que tan obsesionado lo tenía. Sin pensarlo dos veces decidió partir en su búsqueda. Añañuca esperó y esperó a su buen mozo y gallardo minero. Sin embargo, él no regresó. El espejismo de la Pampa se lo tragó.
Causando su desaparición y presuntamente, su muerte.
Con un dolor tan inmenso que no le cabía en el pecho por la pérdida de su amado, Añañuca perdió las ganas de vivir y finalmente, también murió.

Un día de incansable y suave lluvia, los pobladores llevaron el cuerpo de la joven a su sepultura en un lugar de la montaña, pues pensaron que ella así lo hubiera querido.
Pero al día siguiente, con la salida del sol, los mismos vecinos amanecieron y presenciaron un sorprendente suceso. El lugar del valle donde había yacido el cuerpo de la joven, estaba ahora cubierto por una abundante capa de hermosísimas flores rojas.

Es por ello que la leyenda asegura que Añañuca se convirtió en flor, como un gesto de amor a su amado, pues de esta manera permanecería siempre cerca de él.
Así fue que se otorgó, a esta bella y desconocida flor, el nombre de Añañuca, flor a la que actualmente también se le conoce como "flor de la sangre", tanto por su color, como por la tragedia y pérdida de dos jóvenes vidas.
A la Añañuca (Hippeastrumsp) la llaman también flor de sangre. Abunda entre Copiapó y el valle de Quilimarí. Crece después de las breves lluvias durante el llamado Desierto Florido.

Leyenda Irlandesa : El rey Elfo.




Un precioso relato irlandés nos describe las colinas en las que vivía un rey elfo

Hace muchos años un rey elfo se quedó prendado de la joven Ethna, según decían todos la muchacha más hermosa de la tierra. La muchacha vivía feliz en Irlanda, donde preparaba con ilusión su boda con un elegante noble. Todos los amigos y conocidos de la joven acudieron a la fiesta que celebraron la noche de su boda y contaron que ella y su marido bailaban en el salón regalándose tiernas miradas. La casa estaba adornada con guirnalda de colores y miles de luces iluminaban el salón. Ethna sonreía a su marido mientras bailaba, pero de pronto, un torpe traspiés dio con la joven al suelo. Se formó un gran revuelo y todos rodearon a la novia, pero ésta no volvía en sí. Su marido, muy preocupado, la tomó en sus brazos y se la llevó a su alcoba, donde pasó toda la noche poniéndole paños mojados en su frente.
A la mañana siguiente, con el primer rayo de sol, la joven despertó.
- ¡Qué extraño sueño he tenido! Vivía en un hermoso palacio donde era muy, muy feliz. Muchas personas me rodeaban y yo era la dama de un importante rey.
Ethna intentó levantarse, pero no pudo. Intentó hablar, pero tampoco pudo. Ante los ojos atónitos del marido cayó en un profundo trance del que nadie lograba despertarla.
Su marido llamó a los mejores médicos y pronto acudieron a su alcoba, pero ninguno consiguió dar con la cura. La joven respiraba bien, incluso parecía en paz, pero nunca despertaba.
Una noche, en un descuido del marido, Ethna desapareció. El joven noble estaba como loco y no paraba de viajar buscándola por todas partes. Un mes después de su desaparición, camino de un pueblo cercano en el que se decía que había un bosque milagroso, escuchó un rumor entre las hojas:
- Finvarra parece que ha encontrado pareja. Dicen que ha raptado a la joven mortal más hermosa que ha encontrado y que sólo ha dejado su cuerpo. Si su marido supiera que podría liberarla cavando la tierra hacia el interior hasta dar con el palacio de Finvarra, que se esconde en el interior de esta colina, seguro que Finvarra no estaría tan contento como está.
El marido no podía caber en sí de gozo. Regresó a casa y llamó a algunos amigos suyos. Les contó lo que había oído y les pidió que le ayudaran a rescatar a su esposa. Una hora después cinco hombres cavaban la tierra hasta hacer un enorme agujero. Luego llegó la noche, y el cansancio, y tuvieron que dejarlo para continuar a la mañana siguiente. Pero la mañana guardaba una sorpresa: la tierra estaba intacta, como si nunca hubieran cavado. De nuevo empezaron los cinco amigos a cavar, y de nuevo llegó la noche, y el cansancio, y descansaron. A la mañana siguiente la tierra volvía a estar intacta, como si nunca nadie hubiera cavado. Todos estaban desanimados, y el marido más triste que ninguno, ¿para qué cavar si no servía de nada? Agotados por el esfuerzo se echaron sobre la hierba para descansar. Un rumor sonó de nuevo entre las hojas:
- Finvarra es muy poderoso y puede volver la tierra a su sitio. Pero la sal es aún más poderosa que Finvarra.
Y el noble tuvo una idea. Pidió a sus amigos que le dieran una nueva oportunidad, y todos cavaron hasta el atardecer. Cuando empezaba a anochecer descansaron y el joven echó sal sobre el agujero. A la mañana siguiente todo estaba como lo habían dejado, con un agujero en la tierra. Esto les alegró y les animó a seguir cavando todo el día. Tres días enteros estuvieron cavando, y cada noche echaban sal. Al cuarto día uno de ellos gritaba:
- Escucha, aquí ya no hay tierra, golpeo con mi pala y suena como si retumbara, creo que estamos a punto de llegar a su castillo.
En ese momento una voz grave rugió en la colina, aunque ninguno pudo ver de dónde salía la voz.
- Deteneos, coged vuestras palas y volved a vuestras casas. Os prometo que si no continuáis cavando, esta noche Ethna regresará a su casa.
Los hombres asintieron. Sabían que Finvarra les decía la verdad, porque si una pala humana tocaba con su hierro el palacio, éste se destruiría.
Todos esperaban que oscureciera. Cuando se puso por fin el último rayo de sol vieron a lo lejos que se aproximaba un caballo. Era Ethna, más hermosa que nunca, más radiante aún que la noche de su boda. Su marido la abrazaba y la besaba, pero Ethna no hablaba, y el joven pensó que sería del cansancio. Pasaron los días, y los meses, y hasta un año, y Ethna seguía sin hablar. 
Un año y un día después de su regreso, cuando los dos paseaban alegres por el campo, el marido escuchaba un nuevo rumor: Finvarra devolvió a la muchacha, pero se quedó su corazón. En su vestido oculta un pasador encantado que la une todavía a Finvarra. Si logran encontrar el pasador, desatarlo, prenderle fuego y arrojar las cenizas ante su puerta, se romperá el encantamiento y Ethna volverá a ser de nuevo mortal.
Y así lo hizo. Cuando se hizo de noche y su mujer dormía, miró el vestido de su mujer y encontró escondido entre sus pliegues un hermoso pasador de oro. Le quitó el pasador, le prendió fuego y arrojó las cenizas ante su puerta. A la mañana siguiente la hermosa Ethna despertó, sonrió a su marido y le dijo:
- Me siento como si hubiera dormido durante muchísimos meses.
- ¿Estás bien? - le preguntó su marido.
- Sí, ¿por qué me miras así de extrañado?
Había olvidado todo lo que había vivido en el otro mundo. Cuentan que Ethna y su marido siempre fueron felices y que nunca más Ethna volvió a sufrir nada extraño.

lunes, 7 de enero de 2013

Leyenda de la Princesa de Guatavita




Leyenda de la Princesa de Guatavita

“Mucho tiempo antes de que los conquistadores llegaran al país de los Muiscas, los habitantes de la región de Guatavita, al oriente de la sábana de Bogotá, adoraban a una antigua princesa que, en las noches de luna llena, emergía del fondo de la laguna y se paseaba sobre las aguas en medio de la espesa neblina. He aquí su historia.

Un gran cacique de los Guatavitas, de la misma dinastía que daría origen al zipasgo y al imperio de los muiscas, estaba casado con la más bella de entre los suyos, una noble princesa a quien todos sus súbditos amaban, y su hogar había sido bendecido con el nacimiento de una bella niña que era la adoración de su padre.

Pasado algún tiempo el cacique comenzó a alejarse de la princesa: sus muchas ocupaciones en los asuntos del gobierno como también otras mujeres, lo mantenían lejos del calor de su hogar. La princesa soportó algunos meses, como correspondía, a una mujer de su rango, las ausencias prolongadas y las continuas infidelidades de su esposo, pero un día pudieron más la soledad y la tristeza que las rígidas normas sociales, y se enamoró de uno de los más nobles y apuestos guerreros de la tribu. Para su dicha y fortuna fue enteramente correspondida.
Los enamorados no pudieron verse tan pronto como hubieran querido, pues el gran cacique estaba por esos días entre los suyos. Pero cierta noche tras una de las acostumbradas orgías del mandatario la pareja pudo consumar sus amores, mientras el pueblo dormía. Sospechando algo, el cacique encomendó a una vieja la tarea de vigilar a la princesa. Una noche cualquiera, la anciana descubrió lo que ocurría y le llevó la noticia al jefe.

Al día siguiente, el cacique organizó un gran festín en honor de su esposa. A la princesa le fue servido un sabroso corazón de venado. Apenas ella acabó de comerse el delicado plato, el pueblo- con el cacique a la cabeza- estalló en una horrible carcajada, que la hizo comprender la verdad; su amante había sido asesinado, y la habían dado a comer su corazón.

Desesperada decidió huir del lado de su marido. Algunos días después de la tragedia, tomó a su pequeña y partió hacía Guatavita. Al llegar, casi a la medianoche, se detuvo un momento en la orilla para contemplar la laguna, de la que se levantaba una espesa neblina; luego miró amorosamente a la niña y se lanzó con ella a las aguas.

Al enterarse de la noticia, el cacique corrió hacía la laguna y llamó a su mujer varias veces, sin obtener más respuesta que el silencio de la noche. Entonces ordenó a sus moanes- sacerdotes- que la buscaran. Los mohanes hicieron conjuros y ritos a orillas de la laguna, y uno de ellos descendió a las profundidades, para averiguar qué había sido de la princesa y de su hija
. Al poco rato regresó con el cadáver de la niña y contó que la princesa estaba viva y feliz en el reino de las aguas. Desde entonces, en las noches de luna menguante aparecía la princesa en medio de la espesa neblina, para escuchar los ruegos de su pueblo, y la laguna se convirtió en un lugar sagrado, donde se realizaba la ceremonia que dio origen a la leyenda de El dorado.”