miércoles, 19 de septiembre de 2012

La princesa Sac Nicté- leyenda Maya.




La princesa  Sac Nicté- leyenda Maya.

Todos los que han vivido en la tierra del Mayab, han oído el dulce nombre de la bella princesa Sac-Nicté, que significa Blanca Flor.
Era graciosa, de dulce canto y bella  como la flor que llena el campo de perfume.
Así era la princesa Sac-Nicté, que nació en la orgullosa ciudad de Mayapán, cuando la paz unía como hermanas a las tres grandes ciudades de la tierra del Mayab;  Mazapán , Uxmal y  Chichén Itzá,  en aquel entonces , no había ejércitos, porque sus reyes habían hecho el pacto de vivir como hermanos.
Todos los que han vivido en el Mayab han oído también el nombre del príncipe Canek que quiere decir Serpiente Negra.
El príncipe Canek era valeroso y tenaz de corazón, cuando  cumplió veintiún años fue proclamado  rey de la ciudad de Chichén Itzá. En aquel mismo día vio el rey Canek a la princesa Sac-Nicté , de la que se enamoró  a primera vista.  Y desde entonces se sintió triste para toda la vida.
Tenia la princesa Sac-Nicté  quince  años cuando vio al príncipe Canek sentado en el trono de Itzá, tembló de alegría su corazón al verlo y por la noche durmió con la boca encendida de una sonrisa luminosa. Cuando despertó, Sac-Nicté sabía que su vida y la vida del príncipe Canek correrían como dos ríos que corren juntos a besar el mar.
Así sucedió y así cantan aquella historia los que la saben y no olvidan.

El día en que el príncipe Canek se hizo rey de los Itzaes, subió al templo de la santa ciudad de Itzmal para presentarse ante su dios. Sus piernas de cazador temblaban cuando bajó los veintiséis escalones del templo y sus brazos de guerrero estaban caídos. El príncipe Canek había visto allí a la princesa Blanca Flor.
La gran plaza del templo estaba llena de gente que había llegado de todo el Mayab para ver al príncipe. Y todos los que estaban cerca vieron lo que pasó. Vieron la sonrisa de la princesa y vieron al príncipe cerrar los ojos y apretarse el pecho con las manos frías.
Allí estaban también los reyes y los príncipes de las demás ciudades. Todos miraban, pero no comprendieron que desde aquel momento las vidas del nuevo rey y de la princesa habían empezado a correr como dos ríos juntos, para cumplir la voluntad de los dioses altos.
Y eso no lo comprendieron. Porque hay que saber que la princesa Sac-Nicté había sido destinada por su padre, el poderoso rey de Mayapán, para el joven Ulil, príncipe heredero del reino de Uxmal.
Acabó el día en que el príncipe Canek se hizo rey de Chichén Itzá y empezaron a contarse los treinta y siete días que faltaban para el casamiento del príncipe Ulil y la princesa Sac-Nicté.
Vinieron mensajeros de Mayapán ante el joven rey de Chichén Itzá y le dijeron:
_Nuestro rey convida a su amigo y aliado para la fiesta de las bodas de su hija.
Y respondió el rey Canek con los ojos encendidos:
_Decid a vuestro señor que estaré presente.
Y vinieron mensajeros de Uxmal ante el rey Canek y le dijeron:
_Nuestro príncipe Ulil pide al gran rey de los Itzaes que vaya a sentarse a la mesa de sus bodas con la princesa Sac-Nicté.
Y respondió el rey Canek con la frente llena de sudor y las manos apretadas:
_Decid a vuestro señor que me verá ese día.
Y cuando el rey de los Itzaes estaba solo, mirando las estrellas en el agua para preguntarles, vino otra embajada en mitad de la noche. Vino un enanillo oscuro y viejo y le dijo al oído:
_La Flor Blanca está esperándote entre las hojas verdes, ¿vas a dejar que vaya otro a arrancarla?
Y se fue el enanillo, por el aire o por debajo de la tierra, nadie lo vio más que el rey y nadie lo supo.

En  Uxmal se preparaba  la ceremonia de bodas  de la princesa Blanca Flor y el príncipe Ulil.
 Desde  Mayapán fue la princesa con su padre y todos los grandes señores en una comitiva que llenó de cantos el camino.
Más allá de la puerta de Uxmal salió con muchos nobles y guerreros el príncipe Ulil a recibir a la princesa y cuando la vio, la vio llorando.
Toda la ciudad estaba adornada de cintas, de plumas de faisán, de plantas y de arcos pintados de colores brillantes. Y todos danzaban y estaban alegres, porque nadie sabía lo que iba a suceder.
Era ya el día tercero y la luna era grande y redonda como el sol, era el día bueno para la boda del príncipe, según la regla del cielo.
De todos los reinos, de cerca y de lejos, habían llegado a Uxmal reyes e hijos de reyes y todos habían traído presentes y ofrendas para los nuevos esposos. 
De todas partes llegaron embajadores con ricos presentes; menos el rey Canek de Chichén Itzá.
Se le esperó hasta el tercer día, pero no llegó ni mandó ningún mensaje, todos estaban llenos de extrañeza y de inquietud, porque no sabían, pero el corazón de la princesa sabía y esperaba.
En la noche del tercer día de las fiestas se preparó el altar y el gran señor de los Itzaes no llegaba, ya no esperaban los que no sabían.
Vestida está de colores puros y adornada de flores la princesa Blanca Flor, frente al altar, y ya se acerca el hombre al que se ha de ofrecer por esposa. Espera Sac-Nicté, soñando en los caminos por donde ha de venir el rey en quien ha puesto su corazón, espera la flor blanca del Mayab, mientras Canek, el rey triste, el joven y fuerte cazador, busca desesperado en la sombra el camino que ha de seguir para cumplir la voluntad de arriba.
En la fiesta de las bodas de la princesa Sac-Nicté con el príncipe Ulil, se esperó tres días al señor de Chichén Itzá que llegara. Pero el rey Canek llegó a la hora en que había de llegar.
Saltó de pronto en medio de Uxmal, con sesenta de sus guerreros principales y subió al altar donde ardía el incienso y cantaban los sacerdotes, llegó vestido de guerra y con el signo de Itzá sobre el pecho.
_¡Itzalán! ¡Itzalán! _ gritaron como en el campo de combate.
Nadie se levantó contra ellos, todo sucedió en un momento, entró el rey Canek como el viento encendido y arrebató a la princesa en sus brazos delante de todos. Nadie pudo impedirlo, cuando quisieron verlo ya no estaba allí. Solo quedó el príncipe Ulil frente a los sacerdotes y junto al altar. La princesa se perdió a sus ojos, arrebatada por el rey, que pasó como un relámpago.
Así acabaron las fiestas de las bodas, la rabia que empezó a brotar del interior  del príncipe Ulil , le hizo  convocar a sus guerreros, y salir en busca de ellos.
Ante la amenaza de guerra, he aquí  que  los Itzaes dejaron sus casas y sus templos de Chichén y abandonaron la bella ciudad recostada a la orilla del agua azul. Todos se fueron llorando, una noche, con la luz de los luceros, todos se fueron en fila, para salvar las estatuas de los dioses y la vida del rey y de la princesa, luz y gloria del Mayab.
Delante de los hijos de Itzá iba el rey Canek, caminando por senderos abiertos en medio de los montes, iba envuelto en un manto blanco y sin corona de plumas en la frente, a su lado iba la princesa Sac-Nicté, ella levantaba la mano y señalaba el camino y todos iban detrás.
Un día llegaron a un lugar tranquilo y verde, junto a una laguna quieta, lejos de todas las ciudades y allí pusieron el asiento del reinado y edificaron las casa sencillas de la paz. Se salvaron así los Itzaes por el amor de la princesa Sac-Nicté, que entró en el corazón del último príncipe de Chichén para salvarlo del castigo y hacer su vida pura y blanca.
Solitaria y callada quedó Chichén Itzá en medio del bosque sin pájaros, porque todos volaron tras la princesa Sac-Nicté.
Llegaron a ella numerosos y enfurecidos los ejércitos de Uxmal y Mayapán y no encontraron ni los ecos en los palacios y en los templos vacíos. La ira puso entonces el fuego del incendio en la hermosa ciudad y Chichén Itzá quedó sola y muerta como está hoy, abandonada desde aquel tiempo antiguo, junto al agua azul del ceñote de la vida. Quedó sola y muerta, perfumadas sus ruinas de un aroma suave que es como una sonrisa o una blanca luz de luna.
En la primavera brota la flor blanca en el Mayab y adorna los árboles y llena el aire de suspiros olorosos. Y el hijo de la tierra maya la espera y la saluda con toda la ternura de su corazón y su voz recuerda al verla el nombre de la princesa Sac-Nicté.

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