miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL VELO DE LA NOVIA LEYENDA GUARANI: CATARATAS DE IGUAZU




EL VELO DE LA NOVIA LEYENDA GUARANI: CATARATAS DE IGUAZU 


En tiempos de los guaraníes en una choza  junto a la orilla, vivía Panambí con su madre.
Bonita y frágil  como mariposa , esa era  la Panambí de la leyenda.

Muy joven, de grandes y expresivos ojos negros y de cabello lacio y brillante.
Armoniosa voz con la que  cantaba  dulces melodías, cuando,  iba en busca de apetitosos frutos o de exquisita miel silvestre.

Su madre la oía desde lejos y distinguía su  cristalina  voz  del ruido que hacía el agua al precipitarse desde la altura y de los trinos de los pájaros que cantaban en la fronda...

Panambí llegada fresca y armoniosa, con su cesto repleto de provisiones. 
Un día, Panambí, con su cesto enlazado en el brazo, llegó hasta la orilla donde se hallaba amarrada la canoa. marchaba a su cabaña llevando lo recogido en el bosque.

Desató el cordel que sujetaba la canoa; tomó la pala y a los pocos instantes, manejada con pericia, la embarcación se deslizaba por las aguas tranquilas en dirección a su casa.

A mitad de camino se cruzó con otra canoa. La dirigía un indio joven, desconocido para ella, que la miró, con curiosidad primero, con interés luego.

Al pasar cerca de la doncella, clavó sus ojos dominadores en la dulce Panambí y una gran admiración se pintó en ellos.

La niña quedó como hipnotizada, incapaz de separar su vista del desconocido que así la había impresionado.

Continuó mirándolo  hasta verlo desaparecer en la lejanía.

Cuando volvió a la realidad, la luna había extendido su manto de plata y se reflejaba en el río dibujando una estela brillante.

De pronto reaccionó y surcó las aguas con rapidez.

Al llegar a su cabaña, su madre la esperaba afligida.

- ¿Qué te ha sucedido Panambí? ¿Cómo vuelves tan tarde? .

- No sé... madre....

La madre la miró sorprendida. Una expresión desconocida, como ausente, se pintaba en el semblante de la niña.

-¿Qué te ha sucedido, Panambí? ¿No habrás hallado, por ventura, a Pyra-yara?

La niña la miró con mirada turbada y nada respondió.
El recuerdo del apuesto muchacho que viera en el río, no la abandonó desde entonces.
La imagen del desconocido estaba siempre ante ella como un ser sobrenatural que la hubiera hechizado.
Cada tarde ansiaba  tomar su canoa y marchar a las islas, con la esperanza de volverlo a ver.
Y en cada tarde y en cada crepúsculo, el encuentro se repitió durante mucho tiempo.

Una noche, Panambí tuvo un sobresalto y se despertó como al conjuro de un mandato ineludible.

Abandonó la hamaca tejida, donde hallaba descansando, y corrió a la orilla atraida por el llamado del desconocido que en ese instante pasaba con su canoa frente a la niña.

La misma fuerza que la impulsó hasta allí la condujo hacia el lugar donde se había detenido la canoa.

Al introducir sus pies en el río, éste se calmó y una superficie de aguas mansas y tranquilas la invitó a llegar hasta la embarcación que esperaba.

Panambí, inconsciente, obedeció a la fuerza poderosa que la dominaba y entró en el agua, la mirada fija en un punto lejano...

A medida que se internaba en las aguas, estas  iban cubriendo todo su cuerpo hasta que en un instante, sin notarlo siquiera, con la visión del apuesto guerrero que aún la esperaba, Panambí se hundió en las aguas que la envolvieron con su manto de cristal.

Poco después, el cuerpo exánime de la doncella, llevado por las aguas, aparecía junto a Pyra-yara, que no otro era el extraño ocupante de la embarcación.

El Dueño del río y de los peces, la tomó entre sus brazos fuertes y colocó el cuerpo sin vida en una balsa de juncos y tacuaras que flotaba amarrada a la popa de su canoa.

Con tan delicado botín, dirigió su embarcación hacia el lugar donde las aguas, al despeñarse en el abismo, formaban una enorme caída.

Los cabellos de Panambí, fuera de la balsa, marcaban una estela oscura en las aguas del río.

Navegaron durante algunos instantes, hasta que un ruido sordo e impotente, anunció la proximidad de la caída.


Al llegar, la canoa dirigida por Pyra-yara, apenas apoyada en las aguas, cayo al abismo formando un todo con la masa líquida, para seguir allá abajo el curso
del río, como si no hubiera tenido que pasar semejante obstáculo, demostrando con ello su naturaleza sobrehumana.

No sucedió lo mismo con el cuerpo de Panambí que, despedido de la balsa por el potente impulso de la caída, quedó preso entre piedras del gran macizo por donde se volcaban las aguas al abismo, convirtiéndose en piedra ella misma y guardando sus formas humanas.

Un chorro de agua muy blanca y muy tenue se desliza desde entonces por su cabeza y cubre su cuerpo de piedra semejando un velo de novia que se deshace en gotitas de cristal antes de volver a formar parte del caudal del río.

Ese fue el final de Panambí, la enamorada de un imposible, que olvidó que Pyra-yara, Dueño del río y de los peces, es incapaz, por ser esencia divina, de amar a ninguna mujer sobre la tierra.

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