jueves, 30 de agosto de 2012

La Leyenda del Árbol del Amor.




La Leyenda del Árbol del Amor.
Oralia, la hermosa jovencita de leyenda que dió origen al nombre con que popularmente se conoce al árbol, vivía en una de las señoriales casas que daban marco colonial al jardín. Con su cantarina risa,  contagiaba la alegría de vivir a todo el  que la rodeaba.
Juan , era un humilde pero risueño y noble barretero, que  soñaba encontrar la brillante veta de plata para ofrecérsela a Oralia, a quien amaba en silencio, era así,  pues sentía que siendo tan pobre, no era digno de casarse con ella.
Por las tardes, al salir de la mina, Juan recitaba sus improvisados versos de amor, caminando más de prisa con la dulce ilusión de contemplar a Oralia  regar las plantas del jardín y en especial el árbol que cuidaban con esmero.
Oralia comenzaba a sentir  un entrañable cariño, más allá de la amistad,  por Juan.
Pero  sin saberlo Juan apareció  un rival, que con palabrería y buenos modos,  conquistaba poco a poco  el corazón de Oralia, quien se sentía turbada  ante estos dos   sentimientos.
El que empezaba a sentir por Pierre, aquel francés que la colmaba de atenciones. Y Juan.
El francés, la visitaba  con la secreta esperanza de impresionar a Oralia, de quien se había enamorado.
Con el permiso de los padres, solían sentarse bajo la sombra del árbol que Oralia regaba y cuidaba; entonces la joven dejaba volar su imaginación al escuchar a Pierre contar como era su tierra.
Juan sufría en silencio al contemplarlos juntos,  sintiendo que la clase social los separaba, y que era mejor que estuviera con Pierre.
Al paso del tiempo  la simpatía que el  humilde enamorado le mostraba a Oralia hacía que ella lo esperara con impaciencia cada tarde  para que le ayudara a regar su árbol.  El árbol   sabiendo de esa complicidad , confundía el susurro de sus hojas  con el rumor de las risas de los jóvenes, e inclinaba su follaje intentando protegerlos de miradas indiscretas.
El confuso sentimiento que   Oralia  sentía por ambos jóvenes, le hizo acercarse una tarde  hacia el templo. Postrada ante el altar pidió ayuda para tomar la decisión acertada.
Al salir del templo se dirigió a su casa y  se sentó en silencio bajo el árbol y el llanto volvió a sus ojos, la  angustia que ella sentía, provocaba la alteración  de su corazón. Mientras se sentía incapaz de calmar la angustia , en su regazo cayó suavemente un racimo de cristalinas lágrimas que el árbol le ofrecía como amigo amoroso en su desconsuelo, y al contacto de sus tiernas manos, esas lágrimas  se convirtieron en un tupido racimo de blancas flores.
Oralia dejó de llorar   y encontró el valor suficiente para decidirse por su barretero, sin importarle su humilde condición.
Al día siguiente, el francés, vino a despedirse .Tenia que trasladarse urgentemente a Francia, Oralia,  lo despidió junto al árbol,  tranquila al comprender que había tomado la decisión  correcta.
Mientras tanto, en la profundidad de la mina, Juan encontró la veta que tanto buscaba.
Al día siguiente, al llegar con el agua, Oralia lo notó más alegre  que de costumbre, al verlo tan feliz, sin pensarlo,  le estampó un impetuoso beso junto al Árbol del Amor que regaban ahora entre risas.
Juan  ya no se acordaba de su  veta de plata  ni del discurso que toda la noche había ensayado.
Desde entonces, las parejas de enamorados consideran de buena suerte refugiarse bajo las ramas del Árbol del Amor, para favorecer la perduración de su romance.

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