viernes, 31 de agosto de 2012

La Cueva de la Mora




La Cueva de la Mora
(Leyenda)
Cuenta una antigua y casi olvidada leyenda , que en una de las humildes casas situadas bajo el Calamorillo, habitaba una pacífica y honrada familia árabe, cuya hija, llamada Moraima,  hermosa ,  esbelta y gentil.
Moraima, siempre que terminaban  las oraciones de la tarde, cogía  su cántaro  se lo ponía en su cadera , y  caminaba  a la Cueva de la Fuente, para traer a la casa el agua que era  necesaria para el  día.
Tal era su belleza, que  las gentes del pueblo quedaban embelesadas al verla pasar. 
Un atardecer, cuando Moraima caminaba hacia la Cueva de la Fuente, el apuesto hijo del Alcaide , se encontró con la bella joven cuando  bajaba a dar de beber a su caballo , en la explanada del pozo. Al verla- García Rodríguez de Alcañavate - que así era su nombre,  le parecieron poco generosos los elogios que de ella había escuchado. Tanto es así que, a partir de entonces, todas y cada una de las tardes, a la hora en que Moraima se dirigía a la Cueva de la Fuente, procuraba encontrarse junto al pozo, saciando la sed de su caballo. Ardía en deseos de oír su voz y de contemplar su rostro y sus cabellos, que se adivinaban negros y largos bajo el velo con que se cubría, pero no hallaba el modo de satisfacer tan vehemente anhelo.
 El joven de acuerdo con uno de los pastores que cuidaban los inmensos rebaños de su padre, una de las tardes en las que Moraima hacía equilibrios bajando por la áspera senda de la Cueva de la Fuente, arreó contra ella su rebaño y la joven rodó por el suelo con su cántaro. Voló su velo el aire, quedó descubierto su rostro y manchados de tierra y  su vestido y sus negros cabellos.
García Rodríguez  que  vigilaba desde el pozo, se apresuro a socorrerla. Atónito quedó ante los nostálgicos, profundos y bellos ojos de la joven y, deshaciéndose en disculpas y perdones, sacó de su bolsillo un peine de oro. Se lo ofreció a Moraima para peinar sus cabellos y, al cruzar sus miradas, quedaron tan enamorados que jamás dejaron de pensar el uno en el otro.
Dice la leyenda, que  el aire jovial que en todo momento exhalaba la joven, se volvió melancólico.
Hamed viendo a su hija en tal estado,  se resistía a  creer que Moraima podría estar enamorada, y menos, de un  joven cristiano.
Hamed  advirtió que el peine con que su hija peinaba sus cabellos, tenía un brillo muy especial y pidió que le explicara la procedencia de una cosa de tanto valor, cuando todo en su casa era viejo y pobre.
Moraima , le habló así a su padre:
- Bien sé cuánto me quieres, cuánto te has desvelado por mí y cuánto esmero pusiste en educarme según los mandatos del Corán. Sé también, que tu gran corazón te va a resultar pequeño para soportar los sufrimientos que a cambio de todo te voy a ocasionar, pero he de confesarte, con una mezcla de dolor y de alegría, que la tristeza que me embarga es que la mirada que crucé con el joven hijo del Alcaide, cuando fue a socorrerme en aquel accidente del rebaño, sembró en mi corazón un gran desasosiego y un incontenible amor. Perdóname si eres capaz. Nada te reprocharé si me castigas, pero jamás, jamás podré dejar de amarle.
- ¿ Tú enamorada de ese altivo y despreciable cristiano?. Sí, me ofendes a mí y traicionas tus creencias. Pero te juro por Alá que no volverás a verlo. Aquí permanecerás encerrada hasta que logre hacerte olvidar. Cada tres días me harás saber tus pensamientos y, mientras tanto, yo rogaré a Alá para que sea otra tu voluntad.
Al cavo de un tiempo de tenerla encerrada y preguntarle  por sus pensamientos, comprendiendo Hamed que por muchos años que tuviese encerrada a su hija no lograría cambiar su voluntad, decidió recurrir a una poderosa bruja,  para que, ahuyentase del corazón de Moraima aquellos  amores
Tanto insistió Hamed, que la bruja le dijo , que conocía un sortilegio que no ocasionará la muerte de Moraima, pero sí un encantamiento que durará siglos, y que la haría invisible a los ojos de todas las personas.
Pocos días después, un atardecer de los primeros días de febrero, con el cántaro apoyado en la cadera, acompañada por la bruja, salía Moraima de la humilde casa  camino de la Cueva de la Fuente.
Nadie las vio por el camino. Sólo el pastor que cuidaba el rebaño en las laderas del cerro del castillo advirtió su presencia.
Al llegar a la cueva, la bruja se dispuso a realizar el conjuro. Durante unos momentos, las manos y los músculos de la cara de la bruja se crisparon de tal manera, que adquirió una espantosa figura. Mascullaba arcanas palabras e
invocaba a la madre tierra, al padre sol y a la fría y blanca luna de las noches de invierno.
Terminado el conjuro, volvió a adquirir su aspecto normal y, con amables palabras , solicitó a Moraima que pasase a la cueva a enjuagar y llenar de agua el cántaro.  Moraima obedeció sus órdenes. Entró  a la cueva, puso el cántaro bajo el chorro y en ese instante , se produjo una luminosa explosión, se oyeron chocar los cascos del cántaro con las piedras y Moraima desapareció como si ella misma hubiese sido un relámpago.
Atrapada quedo en la cueva. Mientras, su amado andaba preguntando  a la gente del pueblo por su paradero, pero nadie sabía decirle.
 Tan confundido y triste estaba que, una tarde, el pastor que las vio ir hacia la cueva, se atrevió a preguntar:
- ¿ Cómo está tan triste mi señor?
- Son muchos los días que llevo sin ver a Moraima. He preguntado por ella a todas las gentes del pueblo y nadie ha sabido contestarme.
El pastor le conto  lo que había visto hacia unos días.
El joven salió  corriendo,  bajó del castillo y  subió a la cueva de la bruja.
Le pidió que le dijera que había sucedido con Moraima, la bruja respondió que ya no se podía hacer nada por ella, que el conjuro era irrevocable.
Llorando amargamente y sin pronunciar una palabra, el  joven, empezó a alejarse de la cueva de la bruja.
Mientras la bruja dijo:
- Perdón mi señor ¡ Quémame, castígame! No puedo deshacer ese poderoso encantamiento pero… sí puedo conseguir que durante unos segundos y sin que sea posible hablar con ella, veas a Moraima peinando sus cabellos con un peine de oro, cuando los primeros rayos de sol del día de San Juan, iluminen la puerta de la Cueva de la Fuente.
Desconsolado y abatido García Rodríguez de Alcañavate , reanudó su camino.
Y se dice en el pueblo que, durante unos segundos, todos los amaneceres del día de San Juan, cuando los primeros rayos de sol iluminan la puerta de la Cueva de la Mora, que así se llamó desde entonces, aparece la bella Moraima peinando
sus cabellos con un peine de oro y que, desde la peana, con ojos no exentos de esperanza, un resignado joven la contempla.

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